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Lo que la cocina me ha enseñado sobre escribir

Estaba el otro día cocinando cuando se me ocurrió la idea para esta entrada. Estaba haciendo una de mis especialidades, arroz al vino tinto, y me acordé de las muchas veces que mi madre me ha dicho lo impaciente que yo era a veces en la cocina. Ahora soy mucho más calmada y dejo que las cosas se hagan a su debido tiempo, lo cual se nota mucho en el resultado final. Pues mientras recordaba las palabras de mi madre, pensé que algo parecido pasa con la escritura. ¿No os imagináis cómo? Os lo explico a continuación.

La cocina y la escritura tienen sus tiempos de cocción

Cada ingrediente de un plato necesita su tiempo de cocción y, si no respetamos ese tiempo, se nos pueden quedar crudos o no sueltan todo su sabor y el plato queda insípido. Cuando escribimos, nuestra historia requiere también su tiempo adecuado. Bien sea si somos de mapa y necesitamos tenerlo todo planificado antes de escribir o si somos de brújula pero queremos tener bien pensada la idea antes de ponernos manos a la obra.

Escribir y cocinar

El tiempo de cocción también influye, como es lógico, en la longitud de nuestra historia: no solo no dedicamos más tiempo a una novela larga que a una corta o a un relato, sino que la trama también requiere una elaboración diferente dependiendo del formato. ¿No os pasa que a veces leemos un libro y pensamos ‘se le podía haber quitado unas cuantas páginas y la historia quedaría igual’? Tenemos que tener muy bien medidas la longitud de nuestra novela y la adecuación de esa longitud a nuestra trama para que no se quede demasiado corta cuando deberíamos haber escrito más ni demasiado larga cuando podíamos haber resumido. Además, esto también tenemos que tenerlo en cuenta si queremos presentarnos a concursos o tenemos fechas límites: al igual que hacernos un cocido si solo tenemos media hora para prepararnos la comida es una idea descabellada, intentar escribir una historia de considerable longitud cuando el plazo de entrega acaba en dos semanas es igualmente una locura.

Escribir

Otro punto en el que el tiempo de cocción es importante es en el desarrollo de las escenas, tramas principales y secundarias, etc. A veces, cuando nos ponemos un objetivo para una escena debemos tener cuidado para no apresurarnos y que tenga el progreso adecuado, o si no, lo que conseguiremos es que quede una escena precipitada y poco creíble (doy fe, yo misma he pecado de esto) o excesivamente larga y tediosa. Por ejemplo, una escena de pelea donde el personaje es herido y debe retirarse quedaría muy forzada y rápida si en el primer ataque, su contrincante ya le ha hecho un buen corte con su espada; lo ideal sería ir dejando que los personajes se atacaran, se cansaran, se distrajeran, etc. y ya podríamos introducir el golpe desafortunado que de pie a la huida.

En la cocina y en la escritura se necesita buena materia prima

ingredientes para escribir

Una buena habilidad para cocinar es clave, pero si le añadimos unos ingredientes de calidad, la receta sale muchísimo mejor. Con la escritura pasa igual. Pero ¿qué es lo que consideramos materia prima? Pues desde el uso de las palabras adecuadas, con su precisión y sonoridad deseada, hasta unos buenos personajes, un buen worldbuilding y unas premisas interesantes. Los lectores podemos llegar a amar un libro con una trama muy sencilla tan solo porque los personajes nos llegan o porque el estilo de la narración es tan cautivador que nos resulta imposible dejar de leer. Y al contrario. Se me viene a la cabeza un par de libros que dejé porque los personajes se me hacían bola.

Desarrollo de personajes
No quedaría igual un cómic con personajes como el boceto de la izquierda que con ilustraciones como la de la derecha (vía RaeDrawsStuff).

Se puede hacer mucho con la cocina y la escritura de aprovechamiento

No sé si conocéis el programa de cocina de los hermanos Torres, pero ellos suelen hacer recetas aprovechando otros platos o ingredientes preparados que les han sobrado. Nosotros podemos hacer algo similar con nuestros textos: a veces escribimos algún relato, microcuento o escena que nos gusta mucho, pero lo hemos dejado por ahí olvidado en un cajón o en un archivo en nuestro pen drive. O quizá tenemos una historia que no nos convence, pero en la que hay escenas que merece la pena rescatar. Pues bien, ahí podemos tener toda una mina de oro de la que sacar algo que se adapte a nuestras necesidades y, como los hermanos Torres, hacer una receta completamente nueva y buena.

Escritura de aprovechamiento

Cocinar con un vaso de buen vino

¿Quién no picotea y roba algún trozo de puerro mientras cocina o se bebe una copilla de moscatel mientras le da vueltas a la sartén? Fani, estás siendo sorprendentemente específica… Debería ser una norma que quien cocina tiene derecho a hacerlo con acompañamiento. En cuanto a la escritura, no me refiero a tener tu copa al lado del ordenador o de la libreta (que también es una opción; yo suelo tomar café). Me refiero a acompañarnos de buena literatura, de esa de la que se pueden aprender tantas cosas. Y es que ya nos lo dicen en muchos blogs y talleres: para escribir bien, hay que leer mucho. Así aprendemos e interiorizamos estructuras y técnicas narrativas y vemos de primera mano cómo otros autores ponen en práctica su estilo. De los malos libros también se puede aprender lo que no hay que hacer, que conste. Lo importante es no dejar de leer y tener un buen bagaje literario.

Escribir y cocinar

 


Hasta aquí mi aprendizaje literario-culinario. ¿Habíais pensado alguna vez en el parecido entre escritura y cocina? ¿Se os ocurren otras similitudes? No dudéis en dejar vuestro comentario más abajo.

Un saludo y que la literatura os acompañe.

 

 

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Escribir ciencia ficción

Dime cómo escribes ciencia ficción y te diré cómo eres

Hace un par de semanas, mis amigos y yo tuvimos sesión de cine de ciencia ficción. Una de las películas que vimos fue Blade Runner, algunos para recordar, otros por primera vez. Una de las cosas que más nos chocó, tanto a quienes la veíamos de nuevo como a quienes no, es que se ambientaba en 2019. Vamos, dentro de un par de años, que se dice pronto. La película se estrenó en 1982, es decir 37 años antes del futuro ficticio que se plantea, y la novela de Phillip K. Dick se publicó en 1968 y se ambienta en 1992, con una diferencia de 24 años. ¿No os resulta interesante ver cómo se imaginaban hace años el futuro y comprobar qué cosas se han cumplido y cuales siguen siendo pura imaginación?

La ciencia ficción siempre ha mirado al futuro y se lo ha imaginado de muchísimas formas diferentes. Hemos llegado a esos años en que se ambientan la mayoría de los clásicos de la ciencia ficción, tanto en el cine como en literatura. Ya llegamos al s. XXI y vimos que todavía no podíamos ir a Júpiter como en 2001: Odisea en el espacio; ahora, volviendo a Blade Runner la película, comprobamos que esta estaba muy lejos de lo que es ahora el mundo.

 

 

Blade Runner
Estamos en el 2017 y ni hay coches voladores ni sigue existiendo la Pan Am.

 

Una obra de ciencia ficción nos dice muchísimo de sus creadores: nos da información sobre cómo conciben el mundo en el presente, sobre su capacidad de análisis y predicción de sucesos, y sobre la confianza que tienen en el ser humano para conseguir los avances que presentan en su ficción.

Cómo percibes tu presente

La ciencia ficción no solo mira al futuro, sino que también es una vía de crítica social para los escritores. Sí, también podemos escribir una space opera por puro entretenimiento, pero hasta la historia que parezca menos comprometida tiene cierto tono de crítica. Solo tenemos que echar un vistazo a los temas y las premisas de nuestras novelas y películas favoritas: distopías sobre gobiernos autoritarios; utopías donde todo es maravillo, pero siempre hay algo oculto; historias sobre la vida en la Tierra post-apocalíptica tras guerras nucleares o sobre exilios espaciales tras desastres naturales provocados por el cambio climático y la falta de recursos, etc. Creamos una historia y un escenario en el que plasmamos nuestras preocupaciones relacionadas con el mundo y la sociedad en que vivimos y advertimos de las consecuencias que creemos que pasarán si ese escenario se cumple. En ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Phillip K. Dick nos presenta una Tierra que ha sido azotada por la guerra nuclear, lo cual tiene sentido si la situamos en el contexto de la Guerra Fría. Por otra parte, las alucinaciones y confusiones entre realidad e ilusión que solía tener el escritor en su vida real y que están tan presentes en sus novelas también las vemos en esta. Incluso en la película se deja intuir que Deckard puede ser un replicante.

Are you a replicant
Si tenéis vuestras dudas, podéis hacer el test Voight-Kampff aquí (en inglés).

También podemos tomar como ejemplo 1984 de George Orwell, escrita en 1948 (lo cual es una pena, porque esta novela iba directa para mi lista de clásicos) y ambientada en el mismo año del título. En esta novela, Orwell nos muestra todos sus miedos con respecto al mundo que le tocó vivir y que vaticinaba que se seguirían cumpliendo 36 años después. Estos temores nacieron sobre todo de lo que vivió en la Guerra Civil Española, donde luchó junto al bando republicano. Lo que él plasmó en su obra maestra no se aleja mucho de lo que pasaba por aquel entonces, pero tampoco se aleja de lo que sucede ahora.

 

George Orwell 1984
Y esto no es ná.

Y es que, en general, escribimos de lo que nos preocupa y la ciencia ficción se presta a que llevemos nuestras preocupaciones al extremo para que hagamos reflexionar a los lectores. Por ejemplo, en Nivel 10 trato, principalmente, de la represión y estigmatización hacia la comunidad LGBT+ porque es un tema que, como ya sabréis, me toca personalmente y me preocupa que, a pesar de los avances, sigamos viviendo ciertos retrocesos en algunos aspectos y países, como Estados Unidos, desde que cierto energúmeno accedió a la presidencia.

Capacidad de predicción

Conocer bien un comportamiento lo hace (en gran parte) predecible. Es una premisa en Psicología y en otras muchas ciencias. Esto también se puede aplicar a la ciencia ficción: conocer mucho un tema nos da una perspectiva diferente de quien solo sabe un poquito, y nos permite intuir cómo progresará, lo cual nos viene de perlas para crear nuestro futuro ficticio. Pensad en los expertos en economía que predijeron las consecuencias de la burbuja inmobiliaria, la crisis que tenemos ahora, etc. mucho antes de que sucedieran. Igualmente, alguien que tenga una carrera de, por ejemplo, biología, física o ingeniería aeronáutica estará al tanto de los últimos avances y tendrá más capacidad para determinar si los que plantea en su historia son factibles en el futuro y, quién sabe, quizá acabe en algún artículo de Buzzfeed sobre novelas de cifi que predijeron el futuro (como los Simpsons).

No sé si os pasará como a mí, pero cuando estoy leyendo o viendo, por ejemplo, una distopía, me gusta tener la sensación de que aquello que me presentan puede pasar en un futuro me ayuda a meterme en la historia. Quizá por eso me gusta tanto la serie Black Mirror, porque es tan sorprendentemente verosímil, que da miedo ver un capítulo y pensar que estamos a un simple avance tecnológico de que nos pasen esas cosas.

No podía elegir solo un capítulo, ¿se nota?

Eso no significa que no disfrute con otras historias menos plausibles, pero la credibilidad le suma puntos. Los aciertos  o fallos de nuestras predicciones probablemente no lleguemos a verlos y sean las generaciones venideras las que, al leer nuestras obras, se sorprendan por lo mucho que nos acercamos o se rían por lo disparatado de nuestros vaticinios.

Y no solo me refiero a avances tecnológicos, sino también a los sociales, la chicha de muchas de las novelas. Si habéis leído El cuento de la criada, de Margaret Atwood, sabréis que, de avances tecnológicos se habla más bien poco. Todo lo contrario, se regresa a los valores tradicionales cristianos y eso incluye también la tecnología. La obra de Atwood profundiza más en el cambio social, en el adoctrinamiento moral, en la humillación de la mujer, en su encarcelamiento psicológico y desposeimiento de sus libertades. La sociedad que ella imaginó, aunque parezca extrema, tampoco se aleja mucho de nuestro presente y menos con el auge de las derechas en muchos países.

El cuento de la criada

Confianza en los avances tecnológicos

Todos nos imaginamos el futuro de una manera, nos imaginamos los nuevos artilugios que habrán inventado, si los coches volarán o no, si ya existirá un servicio de teletransporte que te deje en tu cama un sábado por la noche, etc.

Futurama
Esto también me vale.

Pero la gran pregunta es: ¿Cuándo pasará todo esto? ¿Cuánto tiempo tendremos que esperar? De ahí el recuento que hacía al principio de este post. Phillip K. Dick decidió que, desde su presente (los sesenta) a la época de su ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (los noventa), la humanidad sería capaz de avanzar tanto como para tener androides que pudieran pasar por humanos y que nos veríamos en la necesidad de tener animales eléctricos y colonias espaciales a causa de una guerra nuclear. Como ya he dicho, echando un vistazo a su contexto, es normal que muchas obras de ciencia ficción escritas durante la Guerra Fría surjan de la premisa de que, finalmente, una guerra nuclear dejó la Tierra, si no completamente destruida, sí en muy mal estado; resultaba un peligro inminente.

Apocalipsis

Cuando empecé a escribir Nivel 10, me costó decidirme por el año en el que tendría lugar la trama. En el caso de mi novela, se trata de un mundo diferente al nuestro, por lo que su evolución podría no ser la misma que la de la Tierra; no obstante, decidí que fuese más o menos paralela y que el ‘Mundo Antiguo’ del que hablo en la historia fuese, en esencia, nuestro presente. Teniendo en cuenta esto, intenté imaginarme cuándo sería factible ver los avances que planteo en la novela y decidí que el año 2094 podría ser una buena fecha. Dentro de 77 años os cuento qué tal.

En definitiva…

La ciencia ficción nos permite dar rienda suelta a nuestra imaginación, pero sobre todo nos permite expresar nuestras inquietudes sobre el futuro que nos está esperando. Y no hay nada que hable mejor de nosotros mismos que nuestro miedo a la incertidumbre y cómo la abordamos.


 

Y hasta aquí mi reflexión. Contadme, ¿estáis de acuerdo? Si queréis añadir o debatir cualquier punto, no dudéis en dejarme un comentario y, si escribís ciencia ficción, sed libres de compartir vuestras inquietudes y si coincidís conmigo o no.

Un saludo y que la literatura os acompañe.

 

 

#SemanaAutopublicados

7 cosas que me hubiese gustado que me contaran antes de autopublicarme #SemanaAutopublicados

A principios de mes, Carmelo Beltrán propuso la iniciativa #SemanaAutopublicados en la que quería dar a conocer la existencia de la literatura autopublicada y desmontar esos prejuicios acerca de la misma. O dejo el vídeo en el que explica en qué consiste esta semana:

Quienes estamos en este mundo de la autopublicación sabemos que hay obras y autores de muchísima calidad que merecen tener el mismo reconocimiento que otros publicados en editoriales tradicionales. Así que este es mi granito de arena para esta iniciativa.

Como autora autopublicada he aprendido muchas cosas a lo largo de este año, pero mis mejores maestros han sido mis propios errores. Cuando empiezas esta aventura de la autopublicación, en especial si publicas por primera vez, llegas con una ilusión y una emoción que poca gente te puede quitar: vas a publicar tu novela, ¡por fin! Todo son nubes de algodón, arcoíris y unicornios. Entonces, llega la realidad. Y, además, va llegando poco a poco. En este camino hay mucha decepción y mucha frustración, pero, eh, también hay gratas recompensas. Aquí os dejo una lista con todo lo que me hubiese gustado saber antes de autopublicar mi primera novela.

1) No te apresures

Cuando estamos escribiendo nuestra primera novela estamos llenos de ilusión por terminarla y poder enseñársela ya al mundo. Esa ganas tremendas de tener nuestra obra allá fuera en las repisas o ebooks de potenciales lectores nos puede, para qué engañarnos. A mí me podía. Además, todos fantaseamos con que a nuestra novela le vaya bien y le guste a mucha gente y hagamos presentaciones en muchos lugares y nos llamen para hacer entrevistas o dar charlas, etc. Por eso nos damos todavía más prisa por publicar nuestra obra. Si nos decantamos por la autopublicación, como es el caso de muchos de nosotros, Amazon y otras plataformas similares nos han dado la oportunidad de subir nuestra obra y cumplir nuestro sueño de forma sencilla. Esto es otro factor para que, cuando tengamos terminado nuestra novela, nos precipitemos.

Ya dije en mi primera entrada dedicada a la corrección de la novela que es recomendable dejar descansar el manuscrito para tomar distancia y ver mejor los fallos (aunque nunca llegaremos a ver ciertos vicios si no nos los resalta un ojo ajeno). No solo para corregir sirve este consejo. Incluso después de haber realizado el mínimo de correcciones necesarias y de haber hecho los cambios pertinentes es posible que publicarla siga siendo un paso precipitado. Cuando publiqué por primera vez ‘Nivel 10’ hace un año, lo hice para presentarla al concurso de literatura indie de Amazon. Pero, si os soy sincera, ni siquiera era ese el objetivo que tenía en mente para la novela cuando la terminé. Tenía otros planes completamente diferentes para el manuscrito y que, por asuntos que no vienen ahora al caso, no he podido hacer de momento. Así que me resigné y, como estaba a tiempo todavía, decidí tenerla lista para el concurso. Podría haber estado mejor, pero me precipité. Por eso, decidí reeditarla y estoy más contenta con el resultado (y, desde luego, no olvido esos planes iniciales que tenía para ella). Otro de los motivos por los que me precipité es porque yo era una completa desconocida. Pero de esto hablo en el siguiente punto.

2) Primero hazte un nombre, luego ya tu novela

Como acabo de decir, era una completa desconocida cuando publiqué ‘Nivel 10’ (a ver, lo sigo siendo, pero ahora soy una desconocida con redes sociales). Lo que hice fue algo parecido a lo de llamar al portero y salir huyendo. No tenía ni blog, ni página, ni redes sociales de escritora; las fui creando poco a poco conforme veía que sin presencia en internet me comía los mocos (y también conforme Miriam Beizana me iba animando).

Al principio, la idea de tener que hacerme un blog y redes sociales de escritora no me llamaba para nada la atención. Siempre he sido tímida, siempre he ido a mi rollo en mis redes sociales personales y las cosas que suelo compartir o decir en ellas son tan dispares que o tienen cierta aceptación o pasan sin pena ni gloria (aunque los vídeos de gatetes y perretes siempre han sido bien recibidos).

Perretes
I love you too, perrete tierno

Así que imaginaros lo que podía suponer para mí abrir varias cuentas para luego ver que mis posts pasaran por la red como una mata de esparto en el desierto. Esa exposición tan abrupta me hacía sentir tan vulnerable que la rechazaba siempre que podía. Pero es que veía que en la oscuridad y soledad del anonimato no iba a conseguir aquello con lo que fantaseaba por lo que al fin me lancé de nuevo a la piscina (como siempre hago con todo, sin flotador y sin saber nadar) y abrí este blog y mis cuentas de Facebook y de Twitter. Y empecé a observar cómo iba esto del marketing online.

3) Pero hacerse un nombre es difícil

Exacto. Ser una completa desconocida en un mundo en el que hay mucha gente y, además, ya hay lazos formados es duro para alguien que es tan reservada como yo. ¿Sabéis cuántas amigas hice en el instituto? Con una mano me bastaría para contarlas y me sobrarían dedos. En redes sociales sigo siendo igual de tímida que en la vida real, pero me tengo que poner una máscara y hacer como que no me muero de vergüenza cada vez que publico algo o interactúo con alguien. Ya se sabe, ‘fake it until you make it’ (algo así como ‘finge hasta que lo consigas’).

Para hacerte oír hay que alzar la voz y hablar claro o, si no, lo que digas se perderá entre el ruido. Y, claro está, hay que decir algo que valga la pena para no ser ‘esa que monta follón’. No paraba de leer en muchos blogs de recursos para escritores que para tener seguidores fieles había que tener contenido útil e interesante. Y, claro, ¿qué puedo ofrecer yo diferente que nadie más haya hecho? La respuesta es compleja, porque ya hay blogs estupendos que hacen artículos superinteresantes sobre miles de temas. Muchos de nosotros compartimos posts muy similares y de gente similar. Si Gabriella Campbell o Ana González Duque suben un nuevo artículo, seguro que ya tendrán cientos de retweets, porque son un referente en el mundo de la autopublicación. Por eso, a veces me entra la inseguridad de no saber qué ofrecer. Así que, otra vez me pongo una máscara y finjo que lo que estoy diciendo os va a cambiar la vidaFake it until you make it.

4) Escritora de día, miles de roles de noche

Otra de las cosas que me hubiese gustado saber antes de meterme en este fregao es que iba a tener que aprender a hacer cosas diferentes a escribir. Si contáis con profesionales que se encarguen de las fases posteriores a la escritura del manuscrito, entonces tenéis un gran porcentaje del trabajo hecho y, mirad, ese peso que os quitáis. Pero si no disponéis de ese apoyo, deberéis ser, además de escritores, correctores, maquetadores, ilustradores o diseñadores gráficos, copywriters, community managers, expertos en marketing y SEO, magos, alquimistas y malabaristas.

5) El día solo tiene 24 horas

Y para todos esos trabajos ‘extras’ que conlleva el ser escritores autopublicados, necesitamos una esmerada planificación. Porque sabemos que el día solo tiene veinticuatro horas y los más afortunados dedican ocho a dormir y entre cinco y ocho a trabajar, lo que nos deja aproximadamente otras ocho horas para todo lo demás.

Yo soy un desastre para planificarme; lo acabo haciendo, pero tardo mucho en encontrar la distribución que me resulta mas eficiente a la hora de trabajar. Cuando empecé con mis redes sociales de escritora, todo me resultaba un caos: ¿qué hago? ¿de qué escribo? ¿cuándo lo hago? ¿qué días publico? ¿por qué parece que no me queda tiempo para nada? Luego, conforme le iba cogiendo el truco, me he ido organizando mejor y, al pensar en esta evolución, se me viene a la cabeza lo que en estadística se conoce como ‘regresión lineal’. La regresión lineal (la simple, al menos) estudia la relación entre dos variables, X e Y. Nos permite conocer si la variable independiente (X) tiene algún efecto en la variable dependiente (Y). Si los datos se distribuyen como la nubecita de la izquierda, significa que no hay relación ninguna, mientras que si se asemejan a una línea, sabemos que podemos predecir con cierta confianza el comportamiento de Y según X.

Al principio yo era la nubecita de la izquierda, dando palos de ciego; ahora me voy acercando más a una línea: ya tengo ciertos días para publicar posts, me organizo lo que comparto en Facebook, dedico ciertos periodos de tiempo a Twitter y he aprendido en qué momentos del día soy más productiva a la hora de escribir (¿Adivináis cuándo? ¡Sí, a las tantas de la noche! Dormir, ¿pa’ qué?). Ahora que mi rutina es más predecible, yo estoy menos agobiada.

En definitiva, si os cuesta organizaros, tendréis que tomaros vuestro tiempo para conocer vuestra mejor forma de trabajar y de planificar vuestro tiempo, pero os aseguro que es algo que agradeceréis cuando ya se haya convertido en una rutina. Si sois organizados de fábrica, ya tenéis gran parte del trabajo hecho en ese sentido.

6) Vas a pasar por muchas fases y todas van a ser cíclicas

Esto es otro pequeño detalle del que hablé en esta entrada. Vamos a pasar por muchas fases durante nuestra carrera literaria, desde la inmensa euforia que nos entra cuando se nos ocurre una idea genial para una novela o un relato, a la sensación de ser un fraude y de creer que nuestro trabajo es una completa basura. Iremos desde una altísima productividad, donde no dejemos de escribir, hasta una total falta de ganas de sentarse frente al teclado o la libreta. No nos vamos a librar de estos dos extremos ni de toda la gama de grises que hay entre medias. Así que, cuando tengáis la adrenalina por las nubes, por el motivo que sea, aprovechad el chute de autoestima y motivación para poneros a trabajar, pero sed cautos y andaros con pies de plomo para que no se os suba la emoción a la cabeza y os nuble el sentido común. Por otra parte, si estáis en una de esas épocas en que todo se nos viene grande, no conseguimos salir del hoyo de negatividad y desprecio hacia nosotros mismos, no tiréis la toalla, ni lo mandéis todo a paseo, porque esa época pasará y, además, es muy necesaria para verlo todo con una perspectiva más realista. Resistid y seguir escribiendo aunque creáis que no merece la pena.

Y sobre todo…

7) Ten mucha paciencia

Porque esta profesión es, en la mayoría de los casos, una inversión a largo plazo: escribir requiere mucho tiempo y dedicación y debemos ser pacientes (y constantes) para finalizar nuestros proyectos, pero también para ver los frutos de nuestro trabajo, para esperar las reseñas y opiniones de los lectores, para ver cómo nuestra obra y nuestro nombre va haciéndose un hueco en el mundo de la autoedición, etc. Tenemos que sembrar y cuidar esas semillas para ver florecer aquello que nos hemos propuesto.

 


Y hasta aquí mi lista de todo aquello que me hubiese gustado saber antes de meterme en estos berenjenales. ¿Qué opináis? ¿Estáis de acuerdo con esta lista? ¿Qué añadiríais según vuestras experiencias? No dudéis en dejarme vuestros comentarios aquí abajo.

Un saludo y que la literatura os acompañe.

 


Imagen de portada de Sarah Deer
aniversario nivel 10

‘Nivel 10’ cumple un año y yo sigo siendo una impostora

Así es. Nivel 10 ya ha cumplido un año desde que lo autopublicara y ha sido un año de continuo aprendizaje. Supongo que debería comenzar esta entrada explicando por qué sigo siendo una impostora.

Bien, esta profesión es dura. Es dura por muchos motivos. Nos tiramos meses, años trabajando en una historia, cuidando cada detalle para llevar adelante todo lo que se requiere para terminar nuestro manuscrito. Después, viene el siguiente quebradero de cabeza: darnos a conocer en el inmenso mundo de internet. Y todo esto sin ni siquiera saber si vamos a tener una oportunidad real de que la gente conozca nuestra obra y la compre. Nos tiramos a la piscina de cabeza, sin saber nadar, sin saber si la piscina tiene agua o si es demasiado profunda. Nadie nos dice lo difícil que es ser escritor independiente, pero lo intentamos igualmente porque no conocemos otra forma de ser felices que no sea escribir. Nadie nos advierte de la soledad que conlleva ser escritor autopublicado, un hecho del que habló Jesús Carnerero en este post. Nadie nos dice que vamos a pasar por muchas fases a lo largo de nuestra carrera literaria y que una de ellas es la de sentirse un fraude.

No es la primera vez que leo esto. Al principio, cada vez que pasaba por una de las fases de impostora, pensaba que era cosa mía, pero, al entrar en redes sociales de forma ‘profesional’, he podido ver que no soy la única a la que le pasa. El síndrome del impostor parece ser tan común en el mundo artístico o en cualquier otro ámbito que requiera estos niveles de esfuerzo y trabajo. Me pasaba cuando trabajaba de neuropsicóloga, de profesora y me pasa con la escritura. El pensar que estoy engañando a la gente, a mi público, que realmente yo no estoy haciendo ningún mérito y que no sé ni para qué me esfuerzo es una constante en mi vida que en pocas ocasiones me abandona. Hay días que me despierto, pienso en todas las cosas que hay que llevar adelante como escritora indie y me digo: ‘¿Para qué? Si en cuanto la gente lo lea pensará que es una mierda’ o ‘¿Qué le puede importar a la gente lo que yo tenga que decir?’. Otras veces, cuando alguien dice algo bueno de mi obra, pienso ‘¿De verdad estamos hablando de la misma novela? ¿No se estarán equivocando?’. Luego llegan los bloqueos, las dudas sobre lo que estoy escribiendo, los ‘esto no tiene ningún sentido’ y demás etcéteras que me atormentan de vez en cuando.

Sé que es una fase, que esto es un ciclo que va repitiéndose en el que pasamos de estar superorgullosos de nuestras historias a querer quemarlas con un lanzallamas. Lo curioso es que tenemos esta sensación de ser un fraude porque nos importa lo que hacemos. Al fin y al cabo, alguien a quien le da igual su trabajo va a seguir durmiendo plácidamente cuando se meta en la cama. Pero nosotros no. Nosotros queremos que nuestro trabajo valga la pena, porque no conocemos otra forma de ser felices que no sea escribir.

Así que no nos queda más remedio que seguir. Seguir dándole vueltas a esas historias para que por lo menos podamos decir: ‘pues al final no ha quedado tan mal’. Así que eso he hecho yo también.

Nivel 10 ya tiene un año

Y en este año he aprendido mucho sobre autopublicación, corrección, marketing, etc. Como ya sabéis, he ido subiendo diferentes entradas sobre corrección de una novela. Para estas entradas usé las notas y apuntes que fui recopilando y estudiando hace algo más de un año para corregir el primer borrador de Nivel 10; después, he seguido documentándome para estos posts, por lo que he adquirido un mayor conocimiento del tema.

A lo largo de este año también he recibido el feedback de lectores que me han señalado ciertos aspectos de los que no me di cuenta en su momento y que era necesario que solventara. Por eso, quería hacer algo especial para este primer aniversario de Nivel 10 (no todos los días tu primera novela cumple su primer año), así que me dije: ‘Fanidad, ¿por qué no la reeditas?’

¿Qué ha cambiado en esta segunda edición?

Los cambios más básicos consisten en una nueva corrección ortotipográfica y de estilo. Además, he añadido algún que otro pequeño detalle a la trama en pos de una mayor verosimilitud y coherencia interna, y he quitado algún pasaje poco relevante en el que he pecado de infodumping.

Por otra parte, he dividido la historia en actos (si ya la habéis leído, entenderéis a qué se debe esta división) y he añadido un índice y una cosa que me faltaba y que en muchos blogs de recursos de escritores nos recomiendan: mis datos de contacto.

nivel 10
Lo sé, me merezco un smackwich

Por último, el cambio más evidente es el de la portada: no solo he cambiado mi nombre a Fani en vez de Estefanía (no sé en qué estaría pensando, la verdad), sino que, como podéis ver, he diseñado otra que, personalmente, me transmite una sensación más limpia y profesional que la de la edición anterior, y que parece que a quienes la han visto también les ha gustado, así que espero que a vosotros también os transmita lo mismo.

Nivel 10
Portada de la segunda edición de ‘Nivel 10’

Creo que la novela necesitaba un pequeño lavado de imagen que no solo le ha venido bien a la obra en sí, sino a mí como escritora. De momento, sigo siendo juanpalomista, así que cualquier pequeño paso que me lleve a mejorar, bienvenido sea.

Podéis comprar Nivel 10 en la página de Amazon por 2’99€*

 

*Si ya comprasteis la versión anterior y queréis obtener la nueva, solo tenéis que ir a vuestra cuenta de Amazon, meteros en ‘Gestionar contenido y dispositivos’, después en ‘Ajustes’ y allí debéis activar la opción ‘Actualización automática de libros (Whispersync para libros)’ y tras sincronizar, se actualizará (aunque he leído que puede tardar un par de días en llegar la nueva versión).


Espero que la disfrutéis y, si tenéis alguna pregunta sobre la novela, los personajes, o cualquier otra curiosidad, no dudéis en dejármelo en los comentarios. También podéis preguntarme por Twitter o Facebook.

Un saludo y que la literatura os acompañe.

 

 

 

de dónde viene la inspiración

¡Musas! ¿Musas? O de dónde vienen realmente

Tengo la teoría (hipótesis, si nos ponemos estrictamente científicos) de que el cerebro es una batidora. La metáfora del músculo que hay que entrenar no me gusta mucho y menos para usarlo en el sentido de la creación artística. ¿Por qué, entonces, una batidora? Veréis, en una batidora podemos meter cualquier ingrediente y, tras un procesado, sale otro producto diferente. Según qué ingredientes metamos, nos saldrá un puré, un batido, una salsa, etc. Tenemos muchas combinaciones posibles, tanto en tipo como en cantidad de ingredientes que echamos para que tenga un sabor más fuerte o más suave. ¿Entendéis por dónde voy? Nuestro cerebro es un vaso con cuchillas deseoso de estímulos para trabajar y darnos a cambio un delicioso batido artístico.

inspiración para escribir
Imagen por resonancia magnética funcional de un cerebro humano de artista

No hace mucho, Gabriella Campbell preguntó en su página de Facebook qué era lo que nos inspiraba para escribir y después hizo una recopilación de todas nuestras respuestas para uno de sus posts. Mucha gente hablaba de viajar, de la música, de la tele, de los sueños, etc. y me di cuenta de que todo esto tenía algo en común: el factor de la novedad.

Os voy a plantear un escenario de ciencia ficción distópica:

Imaginaos una vida monótona, sin ningún tipo de distracción, en la que las personas solo hacen lo que están programadas para hacer y no se salen de sus papeles. Levantarse, ir a trabajar, cuidar la casa, dormir. No hay distracciones ni entretenimiento, tan solo tareas repetitivas en bucle infinito.

¿Creéis que es un ambiente que favorece el surgimiento del arte o la cultura? En efecto, no lo es. Porque para producir algo, hace falta materia prima y la materia prima del cerebro son los estímulos.

Cualquier cosa que hagamos estará estimulando nuestro cerebro. Pero hay diferentes niveles de estimulación:

  • Una actividad que nunca hemos hecho desencadena una reacción sináptica mucho más potente. A mayor novedad, más tienen que trabajar nuestras neuronas (sobre todo en el córtex frontal, encargado de las habilidades cognitivas superiores) para procesarla y asimilarla.
  • Una actividad que hacemos a diario, en cambio, por un proceso de habituación y aprendizaje, no provoca las mismas respuestas y nuestro cerebro la asimila como aprendida, por lo que pasa a procesarse en otras regiones más ventrales y mediales (más cercanas al tronco encefálico y más internas, respectivamente). Esto significa que, una vez aprendida una actividad, se automatiza para ahorrar energía y así poder seguir con actividades que no dominamos.

Aquí tenemos un espectro de implicación de diferentes zonas cerebrales que nos ayuda a entender, por ejemplo, por qué cuando aprendemos a conducir, nos parece una tarea hercúlea, pero una vez que llevamos tiempo conduciendo, ya ni nos damos cuenta (yo qué sé, ni siquiera tengo carnet de conducir, pero eso dicen, ¿no?).

de dónde viene la inspiración
Está todo controlado.

Con nuestro día a día pasa algo parecido. Ver una película nueva, leer un libro, pintar un cuadro, tener una conversación con alguien en el supermercado o, incluso, cambiar tu ruta de casa al trabajo/lugar de estudio/destino cualquiera y viceversa, está haciendo que nuestro cerebro active esa zona que se encarga de las actividades nuevas.

Bien, esto parece que ya está claro: hacer cosas nuevas o poco comunes en nuestra vida hace que nuestro cerebro trabaje de forma diferente a cuando hacemos una tarea que nos sabemos de pé a pá. Entonces, ¿qué tiene que ver esto con la producción artística?

En Psicología se suele estudiar un experimento muy famoso de Wolfgang Köhler y su mujer Eva, que pusieron a un chimpancé en una jaula con un plátano colgado e inalcanzable y varias cajas esparcidas por la jaula. En un principio, el chimpancé no conseguía coger el plátano, pero tras un tiempo, apiló varias cajas y trepó por ellas para poder hacerse el ansiado premio. Es lo que se conoce en Psicología como insight. Es también lo mismo que le sucedió a Arquímedes cuando resolvió el problema de la corona de oro de Hierón II y salió desnudo de su baño gritando ‘¡Eureka!’.

Fani, ¿me estás queriendo decir que entonces los chimpancés y Arquímedes son igual de listos?

No exactamente. Y aquí vuelvo de nuevo al terreno de la hipótesis. Como ya os he comentado antes, el cerebro emplea unas áreas diferentes cuando ya ha aprendido una tarea y estas áreas son filogenéticamente más primitivas que la corteza frontal (la que nos caracteriza como homo sapiens, entre otras cosas). Estas zonas más primitivas de nuestro cerebro se parecen más a las de los chimpancés. Entonces, la conclusión que se puede sacar (y repito, es solo una hipótesis) es que en la resolución de problemas, esas áreas más escondidas juegan un papel bastante apañado.

Esto me lleva de nuevo a Aquímedes; a Einstein, cuando se le ocurrió la teoría de a relatividad mientras trabajaba en su aburrido trabajo en patentes; a August Kekulé, que descubrió la estructura molecular del benceno tras un sueño con una serpiente que se mordía la cola; y a otras mucha personas que consiguieron descifrar algún acertijo mientras no pensaban en ello.

de donde viene la inspiración
Algo así me imagino yo el sueño de Kekulé

La hipótesis que os he comentado antes (la del cerebro primitivo, no la del cerebro-batidora) tiene cierto apoyo en los estudios sobre cognición inconsciente. No se trata del mismo inconsciente de Freud o de sus seguidores psicoanalistas, sino que es un concepto más bien perceptivo y neuropsicológico. En resumidas cuentas, nuestro cerebro también procesa información de diferentes modalidades sin que nos demos cuenta de ello. Se ha estudiado mucho el papel de esta cognición inconsciente en la resolución de problemas y parece que, aunque no sea tan importante como la consciente, sí que ayuda bastante. Además, no solo se ha estudiado en el ámbito de la resolución de problemas, sino también a nivel conductual y en el famoso ‘Neuromarketing’. ¿Os habéis preguntado por qué en muchos supermercados ponen la panadería cerca de la entrada? O ¿por qué la nueva colección suele ponerse o bien a la derecha o bien al principio de muchas tiendas de ropa y las rebajas siempre al fondo o incluso en la planta de arriba? Estas decisiones se basan en el supuesto de que el exponernos al delicioso olor de la panadería o el obligarnos a ver de pasada las nuevas tendencias nos hará pararnos y considerar comprar algo a pesar de que no íbamos con esa intención.

No sé si veis por dónde voy. Pero, en esencia, lo que quiero deciros es que nuestro cerebro trabaja a varios niveles y a veces los altos cargos (las cortezas, sobre todo la frontal) muchas veces no se enteran de lo que sucede entre sus empleados y operarios (las regiones más internas), pero la cosa es que luego la empresa funciona y sigue adelante porque los empleados saben sacarles las castañas del fuego.

Vale, creo que ya he acabado la parte teórica. Ahora toca la práctica, la que nos interesa de verdad. Como decía al principio, cualquier estímulo novedoso que entre en nuestro cerebro va a provocar que este trabaje de lo lindo hasta que se acostumbre a él y ya pueda ‘entrar en plantilla con el resto de empleados’ y utilizarse en un futuro para la resolución de problemas inconsciente.

Cuando estamos atascados con una historia, siempre suelen recomendarnos que le demos un respiro, que trabajemos en otro relato e incuso que nos alejemos del género que estemos escribiendo. Pues esto tiene que ver con lo que he dicho: las cortezas trabajan muy bien, pero también se saturan y deben descansar. Una vez que descansan (y descansar puede significar también encargarse de otra cosa),  ese ‘problema’ que teníamos pasa a manos de las regiones más primitivas, las cuales reorganizan la información a sus anchas hasta darle un sentido que nos sirva.

Pensad en un momento de vuestra carrera literaria en que, de repente, sin habéroslo propuesto, hayáis dado con la idea clave para continuar vuestra historia. ¿Recordáis qué estabais haciendo? Por ejemplo, a mí me ha pillado leyendo, limpiando, escuchando música… Pero casi nunca escribiendo esa historia que tenía atascada.

Por eso debemos descansar nuestra mente de las historias que nos tienen tirándonos de los pelos. Y por eso tenemos también que hacer actividades novedosas, para poder darle a nuestro cerebro herramientas para cuando esté en modo ‘descanso’.

No tenemos que irnos a la Conchinchina (pero que si nos vamos, tampoco pasa nada, eh, yo encantada), a veces, a nuestro cerebro le basta con un pequeño cambio. En Almería hay una calle que se llama Quinto Pino; siempre la había visto, pero nunca me había metido por ella. Un día lo hice y, bueno, fue casi como entrar en Narnia, pero al menos mi cerebro me lo agradeció y mucho.

Podéis viajar, admirar el paisaje como si fuera la primera vez que lo hacéis, escuchar conversaciones en el transporte público, tener esas conversaciones con desconocidos, probar otra rama artística como pintar, bailar o esculpir, hacer deporte, cocinar nuevas recetas, leer géneros que nunca hayáis leído o jugar a juegos de mesa.

A veces, cuando estás haciendo un batido de chocolate y quieres innovar solo tienes que añadir algún ingrediente que le dé ese toque especial.

de dónde viene la inspiración
¿Qué hay más especial que esto?

La cuestión es vivir y guardar experiencias, porque estas no solo pueden servirnos como fundamento para nuestras historias (describir paisajes, emociones, sensaciones, etc.), sino que, sin darnos cuenta, estaremos gestando futuras ideas que nos llegarán en forma de musas.


Y hasta aquí mi pequeña hipótesis sobre la inspiración. ¿Cómo se presentan vuestras musas? ¿Os habéis parado a pensar en esto de la novedad? Cualquier comentario que tengáis, no dudéis en dejarlo aquí abajo.

Un saludo y que la literatura os acompañe.


Imagen de portada extraída de Pinterest

Bury my gays

Hace cerca de dos años y medio que se me ocurrió la idea de la novela que estoy escribiendo ahora. Tenía escenas muy claras desde el principio y hasta ya las tengo escritas. Estaba muy contenta con esas escenas y con las ideas que se me iban ocurriendo.

Aviso a navegantes: esta entrada contiene spoilers de The 100, Lost Girl, The L Word y The Handmaid’s Tale (la serie)

Fin del aviso

Hasta que Lexa murió. El capítulo 3×07 de The 100 supuso un mazazo muy grande para las fans de la comandante y, más concretamente, para sus fans lesbianas.

Si ya había visto morir a otras lesbianas en series, ¿por qué me indignaba tanto la muerte de Lexa? ¿Por qué nos indignaba tanto? Si conocéis y habéis visto la serie, supongo que coincidiréis conmigo en que era (hablo en pasado porque ya no la veo) una serie muy buena de ciencia ficción y que, gracias a Lexa y Clarke, teníamos a dos personajes femeninos complejos, fuertes, líderes de sus respectivos grupos y, además, LGTB+. No solo eso, sino que su salida del armario había sido de lo más normal y nos demostraba que en el universo de The 100, la homosexualidad estaba aceptada. Así, sin más.

Tras la muerte de Lexa, hubo un gran revuelo entre las fans que dio como resultado, entre otras cosas, que la serie perdiera espectadores, que el creador, Jason Rothenberg, perdiera seguidores en Twitter estrepitosamente, y que se creara el movimiento We Deserve Better (‘Nos merecemos algo mejor’), con el cual, no solo se consiguió reunir las quejas de miles de fans cansados de esta epidemia de muertes de personajes LGBT+ en la ficción, sino que se recaudaron fondos para The Trevor Project (una asociación que da apoyo a jóvenes LGBT+ en riesgo de suicidio y discriminación) y hasta se creó la Clexacon, una convención similar a la Comic Con, pero exclusivamente con personajes lésbicos. No tengo el recuerdo de que una muerte ficticia haya provocado tal revuelo y tales iniciativas, pero eso tan solo me deja clara una cosa: la bomba había estallado.

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Por esa época leí muchos artículos y comentarios por las redes sociales sobre el ‘bury your gays’ (‘entierra a tus gays’) y pensaba: ‘¿por qué me indigno si yo misma tengo escrita la muerte de una de las lesbianas de mi historia?’. Y, efectivamente, esa trama era una de las más importantes de mi historia y esa muerte daba el último empujón y servía de motivación a la protagonista para continuar. Seguí manteniendo la muerte a pesar de todo, solo que entonces me empecé a plantear varias cosas.

Si mi personaje LGBT+ muere solo porque me estorba para la trama (sobre todo la trama heterosexual), ¿se puede perdonar? Aquí la respuesta, para mí, está mucho más clara, sobre todo para fans LGBT+. De hecho, esto es lo que me deja mayor sensación de frustración y desolación, no sé si os pasará también a vosotros/as.

Si la trama lo requiere, ¿se puede perdonar la muerte de un personaje LGBT+? Vuelvo con el tema Lexa. En The 100, una serie basada en una Tierra post-apocalíptica, donde el principal objetivo es sobrevivir a los peligros de la Tierra, muchos personajes murieron en las dos temporadas y media que yo vi. Era algo normal e, incluso esperable. La muerte de Lexa, además, nos permitía descubrir qué había pasado tiempo atrás y cómo funcionaba realmente la elección de las comandantes de su clan. Si no hubiera muerto, no lo habríamos sabido o, al menos, tendríamos que haber esperado a otro momento en que los guionistas decidieran darnos esa información. Pero eso ya no lo sabremos.

Si hay una buena representación LGBT+ en la historia, ¿se puede perdonar la muerte de uno de sus personajes? Con Dana Fairbanks (The L Word) y Tamsin (Lost Girl) pasaba algo parecido. The L Word era una serie en la que el 90% de los personajes eran LGBT+, por lo tanto, la muerte de Dana equivalía a la muerte de cualquier personaje hetero en cualquier otra serie; en Lost Girl, pasaba algo similar: teníamos cinco bisexuales (tres mujeres y dos hombres), una lesbiana (si contamos a su ex, que solo apareció en un par de capítulos, pues dos), es decir, que el hecho de que Tamsin muriera justo en el último capítulo no restaba representatividad.

Cada día, gracias a las redes sociales, conozco a más autores y autoras que, como yo, escriben un gran porcentaje de personajes LGBT+ en sus novelas y me pregunto si también se han planteado este dilema. En una historia con personajes cishetero, cuando alguno muere, no existe mayor problema que el de si ha muerto tu personaje favorito o no o si ha sido un buen plot twist. Sin embargo, una muerte LGBT+ suele tener una repercusión mayor entre el público LGBT+ porque favorece a la idea de que las personas LGBT+ no podemos tener un final feliz. Pero, si en nuestras historias existe una mayoría de personajes LGBT+ normalizados y bien construidos y nuestras tramas no tienen nada que ver con la orientación sexual y la identidad de género, ¿no deberíamos contemplar la muerte de uno de estos personajes como cualquier otra muerte en cualquier otra historia, sin ese miedo a traicionar a nuestros lectores LGBT+? Porque yo os aseguro que, en todo este tiempo que he estado dándole vueltas a la muerte de mi personaje, tenía esa sensación de estar traicionándome a mí misma y a todo el colectivo. Sin embargo, se trataría de una cuestión de probabilidad; si en nuestras novelas hay mayor porcentaje de personajes LGBT+, entonces es más probable que si sucede algo malo, les pase a estos personajes. ¿Nos debemos cohibir de escribir ese final trágico solo por no engrosar las estadísticas?

Yo creo en la literatura responsable, en esa que huye de clichés y acoge la diversidad en pos de la normalización, por lo que escribir una historia ‘normal’ debería pasar también por escribir una muerte si la trama lo requiere, ¿no?

Hace poco leí este recap de AfterEllen (en inglés) sobre el capítulo 1×03 de ‘The Handmaid’s Tale’ en el que arrestan a Ofglen y ejecutan a una Martha por ‘traición de género’ (vamos, por lesbiana). En el libro no sucede nada de esto e incluso las Criadas que son lesbianas no son arrestadas ni condenadas por ello mientras acaten las estrictas normas de esa sociedad; sin embargo, en la serie sí sucede. En algunos comentarios del artículo, se puede leer que es normal que en una historia ambientada en una teocracia tan severa como la de Gilead sucedan estas ejecuciones. Y tiene mucha razón. Pero luego leí otro comentario, que fue el que realmente me hizo plantearme todo este tema de nuevo: se podía haber mostrado esa severidad y esa opresión a las mujeres de otro modo, tomando otro ejemplo de las acciones que se consideran delito en Gilead, sin necesidad de añadir otro número a la preocupante estadística de muertes LGBT+. Y también tiene mucha razón.

bury your gays

Ese es el motivo que me ha llevado a decirme a mí misma: ‘Fani, no mates a tu lesbiana. Busca una alternativa’.

Todas las reflexiones que tuve tras leer este artículo me han hecho darme cuenta de que el hecho de que yo escriba muchos personajes LGBT+ no significa que en el panorama literario general pase igual. La gran mayoría de lectores y espectadores LGBT+ todavía necesitamos sentirnos representados en la ficción de forma sana y exentos de ese halo de tragedia que nos suele rodear cada vez que aparecemos en escena. ¿De qué les serviría a los potenciales lectores de mi novela ‘A’ que yo escriba miles de personajes LGBT+ en las siguientes novelas ‘B’, ‘C’, ‘D’… si ya en la primera les doy esa puñalada trapera?

Así que aquí estoy, quebrándome la cabeza para ver qué motivación le doy a la protagonista de mi historia ahora que su novia ya no va a morir. Esta decisión me está desbarajustando los planes pero también me supone un reto que me apetece superar.

Eso sí, aunque me gusta mezclar la planificación e improvisación y soy escritora de brújula y mapa, ahora con este cambio de planes me siento escritora John Travolta:

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¿Vosotros/as qué opináis? ¿Habéis tenido también este dilema quienes escribís personajes LGBT+?

No dudéis en comentar sobre este tema, porque da para largo.

Un saludo y que la literatura os acompañe.


Imagen de portada extraída de WeDeserveBetter.com

¿Hay esperanza para la literatura?

¿Os habéis preguntado alguna vez de qué hablarán, dentro de unas décadas o incluso dentro de un siglo, los libros de texto de literatura? Es una duda que me llevo planteando desde hace unos años, pero ha sido estos últimos días en los que he vuelto a darle vueltas a este asunto. Recuerdo que escribí un fanfic hace unos años en el que una de las protagonistas le contaba a la otra que estaba haciendo un trabajo sobre por qué ya no había clásicos de la literatura como antes.

Esta reflexión surgió de nuevo hace poco, cuando conversaba con el novio de una amiga sobre literatura y unos días más tarde cuando le daba clases particulares a mi alumno y nos tocaba el tema del Quijote. Me explico: en nuestra época de instituto (y también universitaria para quien haya estudiado alguna filología o carrera de Humanidades), veíamos en nuestros libros de texto una serie de novelas clásicas que eran indiscutibles. Podían gustarte más o menos, pero esas novelas habían alcanzado del estatus de ‘clásico de la literatura’, tanto universal como española, por diversos motivos. Si nos preguntan cuáles son estas novelas, no dudamos en dar varios nombres y nuestras respuestas serán muy similares, sobre todo si nos remontamos a varios siglos atrás: El Quijote, Hamlet, La divina comedia, El Decamerón, etc.

Conforme vamos avanzando en el tiempo, el catálogo se va ampliando, pero siguen destacando ciertas obras que han quedado para la posteridad y que no se nos ocurriría negar que tienen una relevancia para la literatura contemporánea: hablamos y de títulos como Guerra y paz, Orgullo y prejuicio, El retrato de Dorian Gray, Fortunata y Jacinta, etc.

¿Qué novelas aparecerán, dentro de cincuenta o incluso cien años, en los libros de texto de Lengua y Literatura? Cuando estaba en bachillerato, los temas de literatura solían acaban en los años 50, aproximadamente. Desde esa fecha hasta dentro de unas décadas más, ¿qué novelas tendrán que aprender los futuros estudiantes?

No sé si alguien más se ha parado a pensar en el futuro de la literatura y si ha llegado a plantearse estas cuestiones y a llegar a las mismas conclusiones. Antes, cuando la oferta era escasa como pasaba siglos atrás, hacer un top 10 de mejores novelas era tarea sencilla. En la actualidad, con la proliferación de obras publicadas, tanto de manera tradicional como autopublicada, decidirse por una novela a la que clasificar como posible clásico parece trabajo de locos.

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Los grandes clásicos de la literatura están en estas típicas listas porque han roto con un modelo preestablecido, porque han tratado temas novedosos, porque han utilizado un estilo y voz narrativa sin precedentes. Ahora, la forma de valorar una novela no parece ser la misma. Influye mucho el éxito de ventas, por lo que se da una tendencia a escribir lo que la mayoría del público quiere leer y no se arriesga tanto; si nos topamos con una obra rompedora, con un estilo diferente, etc., es muy probable que no tenga la misma acogida que un best seller, entonces se queda a la sombra, poca gente la leer y no obtiene el reconocimiento que literariamente pueda merecer.

Por otro lado, estamos en un contexto sociocultural muy diferente al de hace un siglo o dos. Antes, ser una persona culta e instruida era motivo de orgullo, era una meta que conseguir. Si leemos cualquier obra de hace al menos un siglo, nos damos cuenta de que una buena instrucción se consideraba una forma de ennoblecer el espíritu. Ahora, la lectura ni se fomenta de manera adecuada ni tiene el prestigio de antaño. Solo los lectores valoramos positivamente a otra persona que lee. A esto han favorecido las nuevas alternativas de entretenimiento, véase la televisión, el cine e internet, que por lo general, proporcionan un placer momentáneo y rápido. Nuestra sociedad se está acostumbrando a esta rapidez, al ‘quiero esto y lo quiero ya’ y no solo en cuanto a entretenimiento se refiere, sino en todo. Pongo por ejemplo las terapias psicológicas: muchas personas quieren superar una situación X y la quieren ya; si su terapeuta no consigue que en dos días todo se solucione, entonces acuden a la comodiad, facilidad y rapidez de la medicación.

Video, movie, cinema concept. Retro camera, reels, clapperboard

Con esto no digo que el cine, la televisión y los contenidos de internet sean malos o que no tengan calidad, pero que me da pena escuchar frases tipo ‘¿para qué leer el libro si ya hay una película?’ es innegable. Yo estoy a favor de una buena serie o una buena película, pero ¿por qué conformarme solo con un tipo de arte cuando puedo disfrutar de todos, literatura incluida?

El contexto histórico también influye en el surgimiento de los clásicos. Ahora estamos en ‘tiempo de paz’, por decirlo de alguna manera. Muchos conflictos, según en qué país nos encontremos, nos pillan muy lejos y, aunque sintamos empatía, sigue siendo algo ajeno que no afecta directamente a nuestras vidas, además de que todo este entretenimiento rápido que tenemos a mano nos sumerge en el Mundo Feliz que tanto temía Huxley.

Por todo esto, me pregunto cuáles serán los futuros clásicos de la literatura. Estoy llena de curiosidad por saber si en un futuro aparecerá ese nuevo Quijote o ese nuevo Ulises, que renueve la literatura, o si, por lo contrario, la concepción de los clásicos está ya llegando a su fin.


¿Vosotros qué pensáis? ¿Queda espacio todavía para nuevos clásicos o ya nos tenemos que conformar con que un libro sea bueno y entretenido y ya está? No dudéis en dejar vuestra opinión en los comentarios.

Un saludo y que la literatura os acompañe.


Imagen de portada extraída de Hablandoconletras.es

Salir del armario (literario)

Cuando acabé Psicología y llegué orgullosa al trabajo, dije ‘¡Ya soy psicóloga!’. Mi jefa por aquel entonces rió, negó con la cabeza y me respondió ‘No, Fani, eres licenciada en Psicología’. Como seguramente se daría cuenta de mi cara de asombro, volvió a reír y me agarró el hombro como suele hacer cuando quiere decir ‘ya te darás cuenta’. Por aquella época no entendí a qué se refería, pero no me costó mucho darme cuenta de que tenía razón. Tenía un título, pero el epíteto ‘psicóloga’ me lo tendría que ganar con la práctica y el sufrimiento de la formación ‘a pelo’.

Algo parecido me pasa con la palabra ‘escritora’. Todavía me cuesta un triunfo hablar de mí como escritora (a pesar de que en mi página de Facebook lo indico, pero ese es ya otro tema). Sí, tengo una novela autopublicada en Amazon, pero aún desconozco cómo es el proceso de publicación de un libro en papel, desconozco cómo se organiza una presentación de una novela, ni qué se siente cuando se hace y estás tras una mesa hablando de tu historia y al otro lado hay gente escuchando. Tampoco sé qué es ir a una feria de libro como escritora, ni que alguien te pida que le firmes uno. Ni siquiera sé como es un contrato con una editorial tradicional o una empresa de autopublicación. Tan solo he colgado un archivo a una plataforma. Igual que si subo un vídeo a Youtube o una foto a Instagram. Es como el abismo de incertidumbre que aparece tras graduarse en la universidad. Incluso es parecido a sentirse un fraude.

Y decirlo a la gente de a pie, la que no está tan metida en el mundo de la literatura y la escritura, también cuesta una barbaridad. Sobre todo teniendo en cuenta lo que he dicho antes de sentirme un fraude. Además, se une el hecho de que, si no están en el meollo, no suelen entender qué es ser escritor y acabas viviendo escenas cuanto menos curiosas e, incluso, irritantes. Gabriellla Campbell ya subió una entrada en la que recopilaba anécdotas de personas que le decían a otras que eran escritores. Hasta ahora no me había pasado nada parecido, pero hace poco conocí a una chica que me pidió que yo le escribiera su historia y ya si eso le daba un pequeño porcentaje de beneficios. Me decía que ella era poco constante y en cuanto le dije que todo era ponerse, me soltó: ‘No, no, ya te lo dejo a ti’. La otra gran anécdota es la de que mi madre (que prácticamente odia los libros y, si por ella fuera, ya me los habría tirado a la basura), en cuanto se enteró de que había escrito un libro, una de las cosas que me dijo fue: ‘Escribe un libro sobre mi vida’.

Así que a veces me pregunto, ¿cómo voy a decir a la gente que soy escritora si 1) me siento un fraude y encima solo me valoras si a ti te interesa? Es un poco parecido a cuando descubres que eres lesbiana (aplíquese aquí el adjetivo correspondiente de las siglas LGTBI). A veces te sientes un fraude por no ser como la gente espera que seas o tiene una concepción totalmente errónea de ti por ello, una concepción que a ti te resulta enervante. Tu autoestima se anula un poco, porque ni tú misma sabes qué eres.

Cuando publiqué la novela en Amazon, al poco tiempo hice una visita a mi antiguo trabajo, para ver a mis antiguos usuarios y a mis compañeras, y le comenté a una de ellas y a mi jefa (ambas lesbianas) que me costaba más decir que soy escritora que salir del armario. Mi compañera se sorprendió, pero mi jefa (la misma del principio) lo entendió. Y es que, a veces, me da la impresión de que la gente entenderá mejor que me pueda gustar otra chica a que me guste escribir más que todas las cosas (bueno, la literatura y las mujeres están ahí, ahí en mi ranking de cosas favoritas 😉 ). Aquello de ‘mamá, quiero ser artista’, no siempre está bien visto en según qué contextos y no faltan los típicos comentarios de ‘estás flipada’, ‘busca un trabajo de verdad’, ‘los artistas sois unos vivalavida’, etc. Y desde luego que con esto no quiero transmitir la idea de que los artistas estamos más discriminados que la comunidad LGTBI, ya que hay más probabilidad de que me maten por decir que soy lesbiana que por decir que soy escritora. Es solo una comparación de mis sentimientos, en mi situación y en mi contexto, nada más. Y también una forma de intentar animarme a mí misma a no ocultar esa parte de mí por miedo a ese sentimiento del que os he hablado al principio.

Porque luego pienso: ‘Joder, me he tirado casi tres años escribiendo una novela, he ganado dos concursos en mi ciudad, he escrito varios relatos, llevo adelante otras tantas novelas, acudo a cursos y talleres, todos los días escribo y todos los días pienso en la escritura. Alguien que no fuera escritor no haría todo eso, no se entregaría en cuerpo y alma a la tarea de crear historias. Decir que soy escritora me cuesta mucho, pero es lo que soy y tengo que aprender a decirlo en voz alta y sin miedo.


Y hasta aquí la reflexión de hoy. Espero que os haya gustado.

Un saludo y que la literatura os acompañe


Imagen de portada extraída de Marcellapurnama.com

Cultura y cambio social

Hace poco vi ‘La llegada’, película protagonizada por Amy Adams (maravillosa en esta cinta) y Jeremy Renner, y aunque esta entrada de hoy no tiene mucho que ver con la película, sí que me hizo pensar en muchas cosas que me gustaría ahora compartir con vosotros.

Para los que no la hayáis visto, a parte de recomendárosla, os diré que no es una historia de ciencia ficción al uso; no esperéis batallas trepidantes contra extraterrestres o una distopía basada en el terror impuesto por los visitantes. ‘La llegada’ es una oda al lenguaje, a la comunicación, a las lenguas. Al poder de la palabra para cambiar el mundo y hacerlo un lugar mejor.

La semana del puente-acueducto-festivos salteados, cuando fui a ver la película, muchos de mis amigos volvieron a Almería y una de las conversaciones que tuve con ellos antes del cine fue sobre feminismo, minorías y corrección política.

Cuando pertenecemos, como en mi caso, a una minoría o a un grupo social víctima de discriminación, siempre pasa por nuestras cabezas la dichosa pregunta de ‘¿Por qué es tan difícil de comprender para el grupo en ventaja que la discriminación existe?’. Planteado así, es muy genérico, pero si digo ‘¿Por qué los heterosexuales se creen que no hay discriminación contra el colectivo LGTBI?’, ‘¿Por qué los hombres no se creen que las mujeres seguimos en desventaja social?’, ‘¿Por qué los blancos pensamos que no hay racismo si Obama ha sido presidente?’. Una de las conclusiones a las que he llegado tras años de reflexión, tras ver distintas perspectivas y de informarme es que el razonamiento lógico no funciona. Nos esforzamos por explicar con argumentos lógicos, incluso científicos, que las minorías son discriminadas o que no somos tan diferentes los unos de los otros.

Se hacen leyes, se intenta cambiar el lenguaje para que no sea discriminatorio u ofensivo y alguna que otra medida punitiva que, más que ayudar, parece acrecentar el sentimiento anti-minoría. ¿Pensáis que una persona que, por ejemplo, cree que los miembros del colectivo LGTBI son una panda de enfermos va a cambiar de idea porque se le castigue por insultarlos? ¿O que un hombre (o mujer, que las hay) machista dejará de serlo porque se fortalezcan las leyes contra la violencia sexista? Dirá: ‘Encima de que los enfermos son ellos, tengo yo que pagar el pato. ¡Lo que me faltaba!’. ‘¡Encima de que va vestida como una guarra me despiden a mí por acosarla!’. Sí, yo creo que esa persona ha cambiado mucho su forma de parecer y sentir con respecto a la víctima de la discriminación… Y, ojo, no estoy diciendo que no crea convenientes medidas legales, hay que contener la avalancha para que no se convierta en una catástrofe. Pero eso no ataca a la raíz del problema.

La emoción. La emoción es la clave de todo. Esa es otra de mis conclusiones con respecto al tema. Parece que en la sociedad actual se ha desprestigiado el corazón en pro de la razón. Damos explicaciones racionales a todo: tú me discriminas porque no me conoces. Y sí, tiene parte de razón esa afirmación. Pero ¿cuántos de nosotros no habremos oído eso de ‘No, si yo conozco a muchos gays’, ‘Yo sé que las mujeres tienen los mismos derechos’, ‘Un compañero de trabajo es negro (o cualquier otra etnia o procedencia) y es buena gente’ y luego sus acciones dicen a gritos que la persona es homófoba, machista o racista. Me parece muy bien que conozcos a alguien del colectivo LGBTI o de otro país o etnia, o que te sepas los fundamentos del feminsimo, pero ¿has sentido la discriminación en tus carnes? ¿Te has parado a comprender y empatizar con los sentimientos de las personas discriminadas? ¿Alguna vez has sentido miedo por tu seguridad por pertenecer a un grupo discriminado? La emoción, esa reacción fisiológica que nos produce un evento y que normalmente solemos ponerle nombre, va a determinar en última instancia cómo ves el mundo. A la gente le gusta el deporte porque es un chute de adrenalina y otros neurotransmisores que producen adicción. A la gente le gustan los parques de atracciones porque es otro chute de hormonas. La gente se droga porque la sustancia genera cambios en tus centros de recompensa, donde nacen las emociones. Luego ya les ponemos nombre, las justificamos, las describimos si se nos ocurren las palabras, pero nuestro cuerpo ya las ha sentido.

Lo mismo pasa con el cambio social. Si yo no soy capaz de provocar en ti que se te revolucionen las hormonas y tu cuerpo reaccione fisiológicamente, seguramente no seré capaz de provocar en ti un cambio de actitud. ¿Por qué lloramos cuando nuestro personaje favorito muere o le sucede algo trágico? Porque hemos experimentado físicamente su viaje y ahora nos lo arrebatan. Es como si nos quitaran la droga, nuestro equipo favorito perdiera o nuestra atracción favorita estuviera fuera de servicio.

Y ¿no es maravilloso que una historia de ficción pueda provocar eso en un lector/espectador/público general? Como escritores tenemos el poder de provocar emociones, de hacer que una persona pueda cambiar su forma de pensar porque nuestra historia le ha conmovido de alguna forma. Yo creo que la cultura ha hecho más por el cambio social que cualquier legislación. Obama piensa igual que yo:

Si no se os da bien el inglés y ya que no consigo encontrarlo subtitulado, os traduzco el fragmento que me interesa (a partir del minuto 0:36, aproximadamente):

'Por mucho que hemos hecho gracias a leyes, acabar con el Don't Ask, Don't Tell, etc... Cambiar los corazones y opiniones... No creo que nadie haya sido tan influyente como tú. [...]. Tu valentía y... eres muy agradable... Que tu estés dispuesta a reivindicar quién eres le da fuerzas a otra gente y luego, de repente, es tu hermano, tu tío, tu mejor amigo... compañeros de trabajo y después... las actitudes cambian. Y luego siguen las leyes, pero todo empieza con gente como tú.'

Ellen ha conseguido entrar en los televisores y luego en los corazones. Después, las mentes cambiaron. El aumento de personajes y tramas LGBTI, de protagonistas femeninas, de otras razas, etc. permite que la gente pueda empatizar mediante estas historias con personas diferentes que también sienten y sufren y se emocionan. Por supuesto, no voy a entrar en esta entrada en cómo se retratan estos personajes, porque en muchas ocasiones no se hace de la mejor manera, pero los cambios requieren mucho tiempo, mucho ensayo y error, muchos intentos. Aunque parezca descorazonador, hablo de años. Pero si queremos ese tan necesitado cambio, debemos ser como el cántaro que va a la fuente.

Yo quiero poner mi grano de arena a esta revolución del pensamiento que estamos viviendo. Quiero que mis personajes sean diversos y demostrar que son como tú, como yo, como los vecinos, etc. Es mi compromiso con el mundo. Es mi responsabilidad como escritora.


 

Dicho esto, espero que os haya gustado la entrada de hoy y os haya hecho pensar. No dudéis en aportar vuestras opiniones.

Un saludo y que la literatura os acompañe.

 

 


Imagen de portada extraída de Heathwood Institute and Press

Y colorín, colorado, NaNoWriMo se ha acabado

No, no me habían abducido los extraterrestres. Más bien ha sido el NaNoWriMo y como ya comenté hace un par de entradas, me había planteado participar aun sabiendo que no conseguiría las 50000 palabras del reto. No es que no confiara en mi capacidad para hacerlo, es que sé que no tenía ni tengo el tiempo que me gustaría para haberle dedicado a esta iniciativa sin dejar de lado mis responsabilidades y mi vida social. Me lo tomé más como un método para probarme a mí misma y así ha sido.

NaNoWriMo es una gran plataforma con variedad de actividades y foros donde contactar con otros escritores, organizar actividades de escritura, charlas online a modo de tutorial o conferencias, consejos, etc. La verdad es que la página es bastante completa y hasta tiene una sección dedicada a la preparación de los aspectos clave de tu novela antes de escribiral (lo que viene siendo el NaNoPrep). Pero no voy a entretenerme más hablando de las características de la página del NaNoWriMo, porque para eso tenéis cientos de páginas que os lo explicarán mucho mejor que yo.

Lo que sí me gustaría compartir son las conclusiones que he sacado y las cosas que he aprendido sobre mí misma como escritora y que puedo convertir en consejos para vosotros. Porque yo soy de las que piensan que no hay nada mejor que la experiencia para poder dar consejos útiles.

Para poneros en contexto, os diré que mi proyecto literario principal, al que le dedico el 85-90% del tiempo (por no decir el 100%) es una historia de fantasía en la que llevo trabajando incluso desde antes de publicar ‘Nivel 10’. Pero para este mes de escritura intensiva no he querido continuar con esta historia para dejarla reposar y trabajarla con le debido cuidado, así que decidí empezar con el desarrollo en novela de uno de los relatos cortos que escribí hace un par de años y en el que quería profundizar más.

El reto del NaNoWriMo era escribir una novela de 50000 palabras (que, si las comparo con las más de 130000 que tiene ‘Nivel 10’, esto no es nada) en un mes y yo he llegado a las 22137

Sí, sí, podréis pensar «pero, Fani, si no has llegado ni a la mitad…». Lo sé, pero ¡imaginad si le hubiese dedicado más tiempo! Estoy muy contenta y por varios motivos, entre ellos, porque una historia que pensaba que me llevaría bastante tiempo planear, o por lo menos esquematizar sus tramas e ideas, ha ido fluyendo de forma tan natural y orgánica que muchas veces el motivo por el que no escribía más era por no encontrarme frente a un ordenador o una libreta más que por falta de inspiración.

Y, ¿qué es lo que he aprendido de mí misma como escritora que pueda serviros?

 

1. Ponte a ello y pilla carrerilla. 

Si te cuesta ponerte a escribir con cierta frecuencia, analiza tus rutinas diarias y decide el momento en el que tengas un rato libre para escribir. Cuando llegue, si hace falta, date una torta (metafórica y real) para decirte a ti mismo «¡Oye, empieza ya!». Tras varios días dándote bofetadas, llegará el momento en el que no te hará falta tanta violencia autodirigida. Habrás cogido carrerilla y tu cuerpo y tu cabeza habrán asimilado la tarea como parte de la rutina diaria y notarás grandes avances.

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   Vía Wikipedia

A mí me ha pasado algo parecido: tenía cierto recelo a escribir otra historia diferente a la que tenía ya entre manos y eso hacía que me costara ponerme a ello. Pero luego veía el avance y era muy gratificante, lo cual me motivaba para seguir el ritmo. Ahora ya he conseguido escribir 4 capítulos completos y otros dos más que todavía están a medias (lo que calculo que serán aproximadamente un tercio del total de la trama) en un solo mes. En serio, un chute de autoestima y motivación.

Así que usa cualquier truco (post-its por todos sitios, alarmas en el móvil, las ya mencionadas tortas a uno mismo, etc.) que te sirva para ponerte delante del ordenador o de la libreta y empezar a trabajar.

 

2. La imaginación se libera cuando la responsabilidad ata.

Ya me pasaba mientras escribía ‘Nivel 10’ durante mi época de estudiante y qué casualidad que cada vez que tenía que entregar uno de los miles de trabajos que me mandaban en el máster, se me ocurría la escena perfecta para tal o cual capítulo. Algo parecido me ha ocurrido con el NaNoWriMo: estar todo un mes centrada en una sola historia de forma autoimpuesta ha hecho que me llegaran dos buenas ideas que no he dudado en anotar (e incluso empezar a redactar, pero shhh). Además, he conseguido llegar a solucionar un pequeño problema con una de las tramas de la historia de fantasía en la que estoy trabajando y que me tenía para tirarme de los pelos. Como dato anecdótico, en mi época de estudiante de Psicología, vimos en algunas asignaturas cómo se mejora la resolución de problemas cuando no estamos pensando en dicho problema. A modo de serendipia, de bombilla que se ilumina de repente, nuestro cerebro consigue encontrar la luz cuando no tiene la presión bajo la que nos ponemos al darle vueltas a ese dichoso personaje que no avanza o a ese punto de giro que no sabemos cómo introducir.

Si durante la escritura de vuestra novela llegáis a un momento en el que ya no sabéis cómo continuar y os entra la desesperación, ¡tranquilidad! Date tiempo, aparca esa historia y déjala reposar unos días, semanas o incluso meses si es lo que tu historia, tu cabeza o tu cuerpo necesita. Haz otra cosa diferente, bien sea otra historia, relatos cortos, poesía, ensayo, un guión… Cualquier opción es válida mientras le dediques tu tiempo y te evite pensar en el bloqueo que has tenido con la otra historia. Tu cerebro agradecerá el descanso y pronto te recompensará con alguna idea que te ayude a superar esa falta de inspiración o de resolución de tu trama.

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 Cita real de Einstein. Vía Pinterest

 

3. Conoce, acepta y estimula tu forma de escribir.

En el NaNoWriMo puedes ponerte ‘chapas’ o insignias según tus logros o tus características como escritor. Estas ‘chapas’ están más bien enfocadas a la red social (foros, actividades, etc) para que la gente que interactúe contigo sepa qué tipo de escritor eres y qué logros has conseguido durante el mes. Pues bien, hay tres insignias que te clasifican según planifiques o no tu novela: puedes ser planner si te gusta tener toda tu historia, personajes y mundo planificado y estructurado; panster, si lo que te va es la improvisación; y plantser, si eres una mezcla de ambos.

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                             Vía NaNoWriMo.org

Yo, definitivamente, soy una plantser. A veces me obligo a planificar, me hago escaletas, organizo la tramas y subtramas, relleno fichas de personajes, etc. Y sí, está bien, me ayuda mucho, pero luego llega el momento de ponerme a escribir y es entonces cuando veo que la historia me lleva por otros derroteros y que tanto tiempo planificando me ha servido más bien poco. Pero para eso he tenido que probar, retarme con nuevas costumbres de escritura, técnicas, etc., hasta que ya he encontrado la forma en la que más cómoda estoy y que me funciona mejor, y esa es mezclando un poco de planificación e improvisación.

Por eso, analizad vuestra manera de escribir, probad algo que no hayáis hecho y observad cómo os va. Quizá os llevéis una sorpresa o quizá simplemente comprobéis algo que ya sabíais, pero de cualquier forma os servirá para coger confianza. Y cuando ya sepáis vuestra forma de trabajar más efectiva y eficiente, dadle caña porque eso será vuestro motor para avanzar con vuestra novela.

4. Descansa.

Pasar un mes escribiendo casi sin parar agota. A pesar de no haberle dedicado todo el tiempo necesario para completar las 50000 palabras, sí que era raro el día que no escribía esta historia (ya os decía antes, a veces era porque no tenía ni ordenador ni papel para hacerlo), pensaba en las escenas o las planificaba y reorganizaba en mi cabeza. Además, he visto a otros escritores que han conseguido el reto y han admitido acabar exhaustos y cansados tras semejante esfuerzo. Lo bonito de escribir no solo es crear nuevas historias y mundos, sino también la sensación física y psicológica que nos deja el plasmar nuestras emociones en una obra de arte (y con ‘obra de arte’ no me estoy refiriendo aquí a algo ‘maravilloso’ o ‘a la mejor creación del artista’), porque sí, lo que hacemos es añadir nuestro grano de arena al arte de la Literatura, sino también que se remuevan todo tipo de sentimientos, emociones, recuerdos, pasiones, etc. en nuestro interior mientras pulsamos las teclas del ordenador o dejamos que la tinta llene el papel. Y volcar nuestro corazón en una historia te deja con pocas fuerzas, con mucha felicidad (o incluso dolor), pero con pocas fuerzas.

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          Esta ilustración habla por sí misma. Vía Pinterest

Pero cuando nos vaciamos, tenemos que volver a llenarnos y nuestro cerebro necesita ese descanso como el comer. Yo ahora que ha acabado el NaNoWriMo voy a darme este fin de semana para desconectar y tomar fuerzas para seguir escribiendo mis historias. Y da igual si te has agotado tras escribir una novela entera, un capítulo o incluso tan solo una escena muy importante, si tu cabeza te dice «¡PARA!», hazle caso.

 

Hasta aquí mi experiencia en el NaNoWriMo y mis consejos para que la aventura de escribir una novela sea lo más llevadera posible. Espero que os sirvan de algo en vuestro día a día literario. No dudéis en comentar, compartir vuestras opiniones y otros consejos que os hayan ayudado.

Un saludo y que la literatura os acompañe.

 


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Imagen de portada extraída de Jamerkel.com