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Ciudades con personalidad. Consejos de worldbuilding

Ciudades con personalidad. Consejos para tu worldbuilding

¿Qué sería de una historia sin su escenario? Pues un conjunto de cosas que pasan en el vacío y que, aunque interesantes, les falta algo de chicha. Bastante para mi gusto. Hace poco terminé Six of Crows, de Leigh Bardugo y estoy con la segunda parte, Crooked Kingdom, y aparte de que me está gustando mucho y estoy encantada con los personajes y su desarrollo, hay una cosa que me ha llamado mucho la atención y es la ciudad donde tiene lugar la mayor parte de la trama de la duología: Ketterdam.

Sabéis que yo le doy mucha importancia al worldbuilding y que su desarrollo es uno de mis procesos favoritos. En la entrevista que me hizo Aritz Pérez Berra para El constructor de mundos, hablé un poco sobre cómo había sido el proceso de worldbuilding y de la creación de Beltaríh, la ciudad donde tiene lugar Nivel 10. Y es que siempre me han gustado las novelas donde podía imaginarme completamente el escenario en el que se desarrollaban, que tuviese la sensación de que esa ciudad o pueblo, etc. era real, que tenía vida propia, que, como dice el título, tenía personalidad. Otros de los ejemplos que se me vienen a la cabeza aparte de Ketterdam son Imre o Saveren, de Crónicas del asesino de reyes,  o las naves en la trilogía de Justicia auxiliar, de Ann Leckie.

Bien, ¿qué podemos tener en cuenta para crear nuestras ciudades y que parezcan reales?

1. Las ciudades tienen su origen

Si cogemos como ejemplo cualquier ciudad real y nos vamos atrás en el tiempo, todas empezaron como asentamientos de gente que llegó a ese lugar y decidió que era un lugar adecuado para vivir y empezaron a construir. Esa localización geográfica afecta al día a día de quienes se asientan en ella y también a la evolución que luego tiene el pequeño poblado. Imaginaos un grupo de gente que se queda en un lado de la montaña porque ahí está resguardado del mal tiempo, pero a la vez, tiene que adaptarse a vivir en zona montañosa, a plantar sus cultivos allí, etc. O una población que se asienta cerca de una masa de agua lo primero que hará será construir con vistas a explotar esas masas de agua (pesca, transporte, etc.). Piensa en cuál es el origen de tu ciudad, por qué sus habitantes se quedaron en esa zona y cómo ese lugar afectó su nueva vida. Depende de lo que quieras incluir en tu historia, este paso puede ser más o menos relevante. Si en ningún momento vas a mencionar el origen de la ciudad, quizá lo que más te convenga es pensar en cómo afecta la topografía en ella (como he mencionado antes, si es de montaña, de mar, de interior, etc.).

2. La evolución urbanística de la ciudad

Seguro que os habréis fijado en la diferencia entre el centro histórico de una ciudad y los barrios colindantes y los más nuevos. Los centros históricos suelen distribuirse de forma más caótica, con predominio de calles irregulares, curvas y laberínticas, con un centro neurálgico o una plaza principal, mientras que los nuevos barrios y ensanches que se van construyendo tienden a seguir una estructura más cuadriculada y organizada, con calles y avenidas paralelas y perpendiculares, mayor simetría y similitud entre barrios.

Ten en cuenta la historia de tu ciudad inventada, pues, al igual que muchos ensanches en las ciudades de nuestro mundo comenzaron con la Revolución Industrial, en tu universo creado puede que llegaran por otro motivo. Puede que tus ciudades empezaran con una estructura cuadriculada y los ensanches sean más caóticos y desorganizados. O puede que hayas decidido que comenzaran con forma circular y los nuevos barrios sean triangulares. Es vuestro mundo, todo vale, pero recordad que la evolución de la sociedad y la tecnología también afecta a vuestras ciudades y esto se ve reflejado en su urbanismo.

3. Los edificios y su importancia

La mayoría de ciudades tienen una serie de edificios comunes: templos, edificios de gobierno, académicos, lugares de recreo u ornamentales, etc. Lo que diferencia los edificios de unas ciudades a otras es la importancia que tienen o han tenido a lo largo del tiempo, así como su uso. Por ejemplo, la catedral de Almería está construida como una fortificación más que como un templo al uso porque su función también era la de defensa contra piratas y moriscos sublevados, mientras que la de San Patricio o la de la Iglesia de Cristo en Dublín cumplen más una función de culto y exaltación artística y religiosa, una forma de decirle a Dios ‘mira, tía, lo mucho que te adoramos’.

Catedral de Almería
Catedral de Almería, cuya fachada también sirve a modo de retablo externo.
Catedral de San Patricio
Catedral de San Patricio
Catedral de la Iglesia de Cristo
Catedral de Christ Church, donde además se grabaron escenas de The Tudors

Si ya nos vamos a tierras inglesas, vemos que algunas iglesias han sido convertidas en lugares de ocio, como clubes o pubs.

Algo parecido pasa con los castillos, en algunas ciudades aún se conservan algunos como los que nos imaginamos cuando nos dicen la palabra “castillo”, con sus murallas y sus torreones y sus almenas, todo recogido en un edificio que servía más como residencia y fortaleza de la familia real, mientras que el concepto de castillo en otras ciudades es más un complejo de edificios que están situados dentro de una muralla, casi como una miniciudad. y que parece tener un objetivo más práctico y administrativo, a demás de residencial. Un ejemplo de esto es el castillo de Praga.

Castillo de Malahide
Castillo de Malahide, Irlanda
Castillo de Praga
Castillo de Praga, en el que sobresale la catedral de San Vito, que es una maravilla

También es interesante lo que los edificios dicen sobre la ciudad: se puede determinar la importancia de la ciudad por la presencia de ciertos edificios o su tamaño. Una ciudad con castillo, catedral o una universidad es más importante y tiene más poder que una con una sencilla iglesia o parroquia o sin un edificio académico de ese nivel.

Por eso, decide qué edificios tendrá tu ciudad y cuáles no, cómo de grandes y/o espectaculares van a ser y qué implica esto en la posición de poder y prestigio que tenga tu ciudad dentro de su región, así como en la vida diaria de tus ciudadanos (por ejemplo, en una ciudad donde no hay universidad, quienes quieran estudiar tendrán que emigrar).

4. El estilo arquitectónico

No podía escribir una entrada sobre ciudades sin dedicarle un apartado al estilo arquitectónico. Miriam de Luna Antigua tiene varias entradas muy interesantes sobre el arte en fantasía, pero os dejo este en el que habla sobre lo mucho que cambian las corrientes artísticas a lo largo del tiempo. Yo haré una aportación más humilde y diré que la evolución de los estilos arquitectónicos refleja la evolución sociocultural, tecnológica y urbanística de la ciudad y se rige por principios funcionales y estéticos. Cuando se descubren nuevas técnicas arquitectónicas y materiales que son más eficientes, se van añadiendo a la forma de construir y poco a poco se va progresando de un estilo a otro. De este modo, podemos apreciar cómo se empieza a usar la perspectiva en la pintura a partir del Renacimiento o cómo las catedrales góticas solucionaron el problemilla de la escasa luz que entraba en los templos románicos.

En muchas ciudades, estos cambios coinciden con el desarrollo urbanístico de la ciudad y podemos ver un centro histórico con elementos románicos, góticos y barrocos, mientras en los ensanches se aprecian edificios neoclásicos, art-noveau y en los barrios más nuevos se caracterizan por su vanguardismo y diseños futuristas. También pueden mezclarse si en algún momento, por el motivo que fuera (accidente, catástrofe o decisiones políticas) se reconstruyó alguna zona siguiendo la corriente actual sin respetar el estilo preexistente.

Eixample
Siempre me ha parecido que el Eixample de Barcelona ejemplifica muy bien lo de centro histórico caótico y ensanches ordenados

Si tenéis desarrollada alguna corriente artística, podéis aprovechar y plasmarla también en vuestra ciudad teniendo en cuesta esa lógica que suelen seguir en las ciudades de nuestro mundo.

5. El nombre de la ciudad revela su historia

En los nombres de las ciudades y lugares geográficos reside la esencia de su origen. Y también nos da una pista de lo mucho que se quebraban la cabeza al ponerle nombre a los sitios: Almería nació como un añadido al asentamiento de Bayyana (actual Pechina) y era en su origen una atalaya desde donde controlaban lo que venía por tierra y por mar. El nombre de la ciudad viene de ‘Al-Mariyyat Bayyana’, que, a pesar del falso mito, no significaba ‘espejo del mar’, sino ‘torre vigía/atalaya de Bayyana’ en árabe. Cuidado con la originalidad. Dublín, por su parte, proviene del irlandés antiguo ‘Dubh Linn’, que significa ‘laguna negra’ porque el asentamiento inicial se situaba en una laguna formada por un afluente del Liffey (y que en la actualidad ya no existe). En Irlanda tampoco se molestaban mucho en nombrar sus ciudades, aunque, como pasa con poblaciones que tienen un idioma diferente al de posteriores invasores, estos nombres se acaban transcribiendo de forma diferente hasta acabar en una deformación del término original. Por eso, en Irlanda encontramos miles de lugares que en inglés empiezan por Bally- o Kil-, y en irlandés se conserva como ‘Baile’ (‘ciudad’ o ‘pueblo’) o ‘Cill’ (‘iglesia’).

 

 

 

 

 

Ballyfermot
Bienvenidos a mi barrio

 

Ballyfermot
Aquí podéis ver que Baile Bhailcín (‘ciudad de Wilkins’) se ha traducido a Walkinstown, mientras que Baile Formaid (‘ciudad de Thormod/Norman’) se ha anglicanizado a Ballyfermot

Si estáis pensando en nombres para vuestras ciudades, podéis jugar con esto y mencionar en algún momento el significado que tengan en vuestro idioma inventado (si lo tenéis, claro). También podéis usar ese recurso si no se os ocurre ningún nombre. En Nivel 10, el nombre de algunas ciudades lo saqué buscando en el traductor de Google algunos términos que podían representar esa ciudad; por eso Beltaríh, la ciudad donde se desarrolla la trama, es ‘ciudad del viento’ en maltés.

 


Y hasta aquí estos consejos sobre worldbuilding. Ahora contadme, ¿tenéis en cuenta estos detalles para crear vuestras ciudades? ¿Qué otros aspectos de una ciudad desarrolláis en vuestras historias? No dudéis en dejar vuestros comentarios aquí abajo.

Un saludo y que la literatura os acompañe.

 


Imagen de portada de lijunzhuang

Inteligencia Artificial

¿Qué hace a las IAs conscientes?

La ciencia ficción siempre ha planteado cuestiones filosóficas tras sus premisas futuristas y tecnológicas, desde el los peligros del totalitarismo, la vida después de desastres naturales, la existencia de vida en otros planetas, hasta la inteligencia artificial. Este tema es uno de los que más me fascinan del género y siempre que leo alguna novela o veo alguna película o serie que se centre en esto, sé que habrá una alta probabilidad de que me guste.

Quizá sea por mi formación como psicóloga que el estudio de la conciencia humana y el lenguaje me atraen de una manera casi hipnótica. Para quienes no hayáis estudiado Psicología, os diré que el tema de la conciencia es una línea de investigación muy compleja, pues se trata de un constructo en el que influyen muchas variables y a cuya base aún no nos hemos acercado. El estudio de la conciencia nos ha llevado a plantearnos muchas cuestiones filosóficas, entre ellas, la más relevante para este artículo: ¿qué nos hace humanos?

¿Por qué esta pregunta y el título del post están relacionados? Pues bien, no cabe duda de que el objetivo de quienes fabrican y programan IAs es imitar la conciencia humana. De ahí que conocer nuestra esencia como especie sea el secreto para crear robots a nuestra imagen y semejanza. No voy a escribir esta entrada como experta en el tema, sino más como aficionada a quien le gusta desarrollar sus propias hipótesis.

Ex Machina

¿Qué nos hace humanos?

El lenguaje

Quizá la característica primordial que nos diferencia de otras especies sea el lenguaje. Fijaos que no hablo de comunicación, pues todas las especies nos comunicamos de una forma u otra, sino que me refiero a la complejidad de nuestro código lingüístico. Si tomamos como ejemplo a los perros, vemos que su principal medio de comunicación es el ladrido. Tras convivir con un perro, llegamos a distinguir los tipos de ladridos y gruñidos, pero la diversidad de estos se ciñe al estado emocional que el animal quiere expresar: si está contento, ladrará de un modo y si se está defendiendo, lo hará de otro. No ladran para decir ‘qué bonito día hace hoy, menos mal que la primavera está llegando y dentro de poco es Semana Santa y tenemos unos días de descanso’. Nosotros los humanos comunicamos cientos de cosas que, en la mayoría de ocasiones, no tienen que ver con nuestro estado fisiológico ni nuestras necesidades primarias. Sin ir más lejos, tenemos miles de conceptos abstractos que no se corresponden con ningún referente tangible y concreto. Por ejemplo, la ‘nostalgia’ es algo que no podemos tocar, es una palabra que nos hemos inventado porque un día sentíamos que recordábamos con tristeza y cariño algo y nos resultaba más sencillo inventar una palabra que no tener que explicar todo eso cada vez que quisiéramos hablar de ello.

Lo que me lleva al siguiente punto: el lenguaje humano es una invención social fruto de nuestra evolución y nuestra necesidad de comunicarnos. Entonces, ¿qué pasó, un día se sentaron varias personas y dijeron ‘venga, vamos a inventarnos una lengua’? Nope. La necesidad es la madre de la invención y —aquí viene mi aportación de hipótesis— la casualidad también es un factor importantísimo: imaginaos a los primeros homo sapiens que poblaron la Tierra, que solo gruñían, chillaban y emitían ruidos similares a otros homínidos, hasta que, por casualidad, alguno de ellos quería referirse a la comida e hizo un ruido muy concreto, por ejemplo, ‘ooooh’; otro de su grupo asoció el ‘ooooh’ con la comida y reaccionó de forma acorde. Tras ese éxito fortuito en la comunicación, a partir de entonces, entre ellos cada vez que decían ‘ooooh’, sabían que se referían a la comida.

Invención del lenguaje
En ‘Padre de familia’ también se imaginaron algo parecido.

Luego, como nuestra especie tiene un maravilloso aparato fonador que puede realizar una grandísima cantidad de sonidos diferentes, nuestros antepasados empezaron a experimentar con sus cuerdas vocales. Y aquí estamos.

Desde el inicio del estudio del desarrollo del lenguaje y el pensamiento ha habido dos posturas: quienes consideran que el lenguaje determina el pensamiento y quienes opinan lo contrario, que el pensamiento determina el lenguaje. Luego, estamos los que pensamos que van de la mano y que intentar resolver este misterio es casi igual de difícil que el del huevo y la gallina.

En Psicología del Lenguaje y también en Psicología del Pensamiento se suele ver cómo se desarrollan las asociaciones de conceptos. Un concepto nuclear, que suele asociarse con un referente externo, se relaciona con otros conceptos que funcionan a modo de características del mismo. Un ejemplo sería:

Asociación de conceptos

 

Aprendizaje

Todas las especies animales aprenden, hasta los mejillones. Pero, como pasa con el lenguaje, el aprendizaje en humanos es muchísimo más complejo y, como ya podéis imaginar, también incluye conceptos abstractos. Las primeras etapas de nuestro desarrollo son más concretas y referenciales, es decir, que cuando somos pequeños, aprendemos con estímulos tangibles y fáciles de procesar, pues nuestro cerebro todavía no está preparado para razonamientos abstractos. Y si no, preguntadle a niños de cuatro o cinco años qué es un perro y qué es la felicidad; podrán decirte que un perro es un animal, incluso dibujarlo, pero para describir la felicidad tendrán más dificultades, quizá, como mucho, harán referencia a una sonrisa o a la risa, porque es algo más concreto que pueden percibir. El aprendizaje y el lenguaje están muy relacionados, pues conforme el lenguaje avanza y se van asociando palabras con su referente, el aprendizaje se hace más sencillo (¿a que cuando empezáis una asignatura de la que no sabéis nada, os cuesta hasta que asentáis las bases y luego podéis comprender cosas más difíciles?).

Aprendizaje
Igual que aprender nuevos idiomas se hace más sencillo cuando hablas otro diferente a tu lengua materna.

Pero el aprendizaje no solo es lingüístico, también es emocional. Si nos cortamos con el filo del papel de aluminio, vemos las estrellas y procuramos tener más cuidado la próxima vez que manipulamos el rollo de papel. Cuando probamos por primera vez un postre y nos gusta, repetiremos en el futuro. El dolor y el placer son nuestros maestros en esta vida y esto es igual en todas las especies. Aunque parezca reduccionista, estos dos tipos de consecuencias son las que rigen nuestro comportamiento y lo único que nos diferencia de otras especies es que distinguimos muchos tipos de dolor y de placer y estos provocan reacciones fisiológicas diferentes que nosotros asociamos con conceptos distintos y los llamamos sentimientos. El dolor que se manifiesta como humillación, tristeza, decepción, duelo, etc.; el placer que percibimos como alegría, ilusión, diversión, etc. Un profesor que tuve en la carrera, cuando dimos el tema del dolor en Psicología Fisiológica, hablaba de mismas vías neuronales de dolor, pero distinta forma de hacer sinapsis (el paso de información eléctrica entre neuronas). Por desgracia, no recuerdo si nos llegó a dar referencias bibliográficas o no, así que dejaremos esto como hipótesis interesante.

Aprendemos por condicionamiento. Hay dos tipos, el clásico y el instrumental. En el clásico, se nos presentan dos estímulos diferentes, sin relación alguna, y tras varias presentaciones conjuntas (bien simultáneas o bien consecutivas) asociamos ambos estímulos. Normalmente, uno de los estímulos (el que se presenta posteriormente) provoca una reacción automática (por ejemplo, el dolor nos hace retirar la mano). Seguro que se os viene a la mente los perros de Pavlov, que habían aprendido que tras el sonido de la campana, aparecía comida (la cual les hacía salivar una cosa bárbara). Pero no todo es saliva y campanas, el condicionamiento clásico también está presente cuando escuchamos el pitido de un coche que nos va a atropellar y nos asustamos; cuando escuchamos una canción y nos alegra porque la asociamos con una buena experiencia; cuando vemos un primer plano de un objeto en una película o serie y sabemos que ese objeto será importante más adelante porque en miles de películas se ha usado ese mismo recurso. Está presente en el miedo, en el estrés postraumático y en la ansiedad, por ejemplo.

El condicionamiento instrumental es aquel que cambia nuestra conducta para conseguir un objetivo, bien sea obtener algo que nos gusta, bien para evitar algo que nos desagrada. Si alguien dice ‘¡tarta va!’ y algo viscoso nos da en la cara y se nos mete en los ojos, para la próxima vez que escuchemos el mismo aviso, nos taparemos o nos agacharemos para evitar el engorroso desenlace. Si los perros nos dan miedo, evitaremos pasar por la casa del vecino que tiene el perro en el jardín; si nos gusta un libro de cierto autor o autora, es probable que leamos más de su bibliografía. Y si salir a comprar el pan nos da ansiedad, evitaremos bajar a la panadería. Como he dicho antes, el placer y el dolor son nuestros maestros de vida.

Condicionamiento clásico
Viñeta de SeekMikeDraw

Percepción

¿Os imagináis que no tuviéramos sentidos? A parte de ser una premisa interesante para una historia de ciencia ficción, probablemente no seríamos más que un saco de carne y huesos con un cerebro muy poco desarrollado. Necesitamos de estímulos externos para aprender y crear asociaciones y vías sinápticas en nuestro cerebro. Necesitamos ver los colores, escuchar los tonos, tocar las superficies, degustar y oler la comida para que nuestro cerebro pueda relacionar los objetos y sucesos externos y así tener una base sobre la que actuar. En el sentido de la vista, los tractos nerviosos que proceden de los ojos y van al cerebro se cruzan a un nivel inferior (antes del cerebro) y después, tiene varias vías que van a la corteza occipital (la de la percepción visual) y a zonas más internas del cerebro (y más relacionadas con la emoción). En un cerebro sano, si realizamos un condicionamiento clásico, el estímulo queda registrado de forma consciente, pero si alteramos las vías que van al córtex occipital, no tenemos percepción consciente de ese estímulo, pero sí condicionamiento (por ejemplo para que nos de miedo). ¿Cómo podríamos actuar si no sabemos qué es lo que nos da miedo y por qué? Otra de mis hipótesis es que en la percepción inconsciente (de la que no nos damos cuenta, por el motivo que sea, no me meteré mucho en eso) radica parte de la espontaneidad del ser humano: intuición, creatividad, incluso, como ya he dicho, conductas condicionadas (‘no sé por qué, me dan miedo las palomas’, ‘no sé por qué, esta persona me cae bien’).

En resumen…

Tras todo este tocho, podemos concluir que estos tres aspectos de la experiencia humana se entremezclan constantemente y se resumen en:

  • Percibimos algo y le ponemos nombre o nos enseñan que esto que percibimos se llama de una determinada forma. Asociamos ambos conceptos. Aprendemos.
  • Percibimos un estímulo con otro y aprendemos que van siempre juntos. Seguimos asociando estímulos de forma que cualquiera de ellos ‘activa’ la representación mental de los conceptos asociados. A estas asociaciones también les ponemos nombre.
  • No siempre nos hace falta percibir algo para asociar conceptos adquiridos; de hecho, el pensamiento deductivo, inductivo, la lógica, creatividad y la intuición se basan en cientos de asociaciones que hacemos constantemente de conceptos previos alojados en nuestro cerebro. Incluso podemos plasmar externamente un concepto nuevo que hemos desarrollado en nuestra cabeza (esto los artistas lo hacemos siempre).

Apredizaje asociativo

 

Entonces, ¿qué debe tener una IA para que sea consciente?

Pues lo mismo que nos hace a nosotros humanos. Capacidad para percibir, aprender y desarrollar lenguaje. Aquí contamos con una ventaja y un inconveniente: a diferencia de nosotros, las IAs no tienen que esperar millones de años para evolucionar hasta nuestra etapa de desarrollo filogenética, pues somos nosotros quienes la configuramos a nuestra imagen y semejanza. ¿El inconveniente? Que las configuramos a nuestra imagen y semejanza.

Creación del nuevo Adán

¿Por qué digo eso? Pues porque somos producto de nuestro tiempo y del tiempo de nuestros padres y del de nuestros abuelos, etcétera, etcétera. Esto significa que, si programamos una IA para que sea consciente, tendrá nuestros sesgos y nuestros prejuicios. Para muestra, podéis leer este artículo sobre un estudio de la revista Science y este otro en el que unas IAs fueron jueces en un concurso de belleza. Estas IAs son racistas y machistas porque han aprendido, por estadística, a serlo. Es un ejemplo extremo de lo que nos pasa a nosotros al vivir en sociedad. La diferencia estriba en que nosotros todavía podemos plantearnos si nuestra conducta y nuestra actitud están influenciadas por la sociedad y actuar en consecuencia; con las IAs todavía no se ha llegado a esa fase.

¿Cómo podemos favorecer que el aprendizaje de las inteligencias artificiales sea diferente?

Mi propuesta (siempre desde el terreno de la hipótesis y la especulación) es más compleja y requiere más tiempo que simplemente programar a la máquina para que analice infinidad de textos y luego ponerla a soltar barbaridades. Incluso aunque le pusiéramos solo un diccionario para que memorice las definiciones, ni siquiera estos están libres de sesgos. ¿Y si las programáramos, aprovechando su potencia de procesamiento de información, para que aprendan como lo hacemos nosotros, mediante asociaciones del tipo referente-concepto y concepto-concepto o del tipo estímulo-respuesta y conducta-consecuencia? De este modo, podrían aprender también mediante la interacción con otras personas y con el mundo externo tal y como lo hacemos nosotros. ¿Y si aprovechamos la tecnología de impresión 3D para otorgarles un medio físico con el que también tengan un referente sensorial? ¿Os imagináis un robot que percibiera los patrones visuales, los auditivos…? ¿Un robot que al tocarlo, percibiera ese tacto? A mí me fascinaría, la verdad.

Humans

Quizá, a día de hoy, la biotecnología todavía no pueda emular las conexiones nerviosas que proceden de los sentidos humanos en un cuerpo y cerebros artificiales, pero para eso estamos los escritores, para inventarnos nuevas historias de ciencia ficción y dejar volar nuestra imaginación (y, quién sabe, quizá acertemos en nuestras predicciones).

 


Hasta aquí mi reflexión sobre las inteligencias artificiales. ¿Qué pensáis? ¿Coincidís conmigo? ¿Qué otras cosas se os ocurren que pueda tener una IA? No dudéis en dejar vuestro comentario aquí abajo.

Un saludo y que la literatura os acompañe.

 


Imagen de portada extraída de JB_Michi.

Escribir ciencia ficción

De por qué empecé a escribir ciencia ficción si no era lectora del género

Antes de embarcarme en la escritura de Nivel 10, escribía relatos de ficción ‘realista’. Un poco de todo, desde thrillers, hasta policíaca, y sobre todo romántica (muy influenciada por los fanfics). Pero nunca había escrito ciencia ficción. De hecho, apenas había leído nada, solo los más básicos, 1984Un mundo feliz, porque me los mandaron para una asignatura de la carrera, y algunas películas y series como Black Mirror. En definitiva, que no tenía ni idea del género cuando empecé a escribir mi primera novela.

¿Por qué lo hice? Pues el motivo más simple que os puedo decir es porque, mientras investigaba para un trabajo de la carrera, se me ocurrió la premisa y quise escribir un fanfic con ella. Ni siquiera me planteé que me estaba metiendo en un género que apenas conocía. Como por aquella época tuve un parón de escritura, esa idea quedó apartada hasta que me decidí a retomarla una vez terminé el último año de Psicología. Pero ya no quise hacerlo en formato fan fiction, sino convertirlo en una novela con personajes propios e incluso localizaciones propias (la trama original estaba ambientada en Nueva York). Aquí ya sí que me dije ‘Fani, vas tú muy rápido con esto de inventarte el futuro, ¿no?’ Para más inri, por esa misma época, gané mi primer concurso literario con un relato de ciencia ficción. Y así seguí, escribiendo ciencia ficción y fantasía, géneros sobre los que apenas había leído antes y a los que desde entonces, les cogí tanto el gusto que son ahora mi principal interés lector. ¿Por qué me metí en este berenjenal?

¿Qué podía aportar yo a la ciencia ficción?

Reflexionando con un poco de perspectiva, el no haber leído antes mucha ciencia ficción y haber visto solo unas pocas películas o series me ha permitido escribir con cierta pureza. Me explico: cuando lees mucho un único género, acabas asimilando los tópicos, los tipos de giros argumentales, los personajes arquetípicos, etc. y cuesta más no caer en ellos. En general, escapar de los clichés literarios es difícil, pues inevitablemente todos tenemos influencias similares y estas se entremezclan en muchos formatos artísticos (literatura, cine, teatro, música, etc.), pero al escribir un género que no nos es familiar, lo hacemos con frescura, tirando de nuestro bagaje literario y sin restringir nuestra imaginación con esa presión a la que a veces nos sometemos por intentar no imitar a nadie.

Escribir es una aventura
Escribir un nuevo género es toda una aventura

Frescura

Bien sea por los temas que tratamos en nuestras historias, bien por el estilo o el tipo de personajes, llegar de nuevas a un género desconocido es como esos lectores beta que nos resaltan nuestros fallos y vicios a la hora de escribir: al no estar vinculados a la obra, perciben mejor lo que se puede mejorar y dan una perspectiva que no habíamos considerado antes. En este caso, somos nosotros esos lectores beta los que otorgamos una perspectiva nueva al género. Y parte de esta frescura viene motivada por el siguiente punto.

Un bagaje literario diferente

Al igual que la ciencia ficción tiene sus tópicos y su estilo particular, con el resto de géneros pasa igual. En líneas generales, no se escribe novela romántica de la misma forma que la novela negra o la de terror. Por supuesto, siempre hay excepciones y ahora se entremezlcan más los géneros, pero cada género tiene una atmósfera, un ritmo y un uso del lenguaje diferentes. ¿Os imagináis leer Guerra y Paz como si fuese una novela young adult? La trama sería la misma, pero el estilo cambiaría drásticamente. Podemos aportar las descripciones poéticas y delicadas que caracterizan a los clásicos, el misterio y atmósferas inquietantes del terror, de los thrillers o de la novela gótica, la agilidad de la comedia o de la novela juvenil, o engañar al lector como en la novela negra. Nuestro cerebro absorbe inconscientemente todos estos patrones y los mezcla y los suelta cuando escribimos, por eso, cuanto más variado leamos, más enriquecida será nuestra historia.

Orgullo y prejuicio y zombies
Bueno, hay quien ya se ha imaginado algún clásico con zombies

Creatividad sin restricciones

Seguro que más de una vez os ha pasado que, cuando estáis escribiendo o revisando, tenéis la sensación de que ya todo está inventado y solo estáis copiando lo que ya existe. Es inevitable que lo que escribamos nos resulte similar a otras obras, pues los arcos argumentales, los tópicos, el famoso viaje del héroe, etc. están ahí desde hace siglos y ya resulta difícil innovar de verdad con un argumento. Pero, como ya he comentado antes, al aventurarnos en un nuevo género que nunca hemos leído, muchas de sus estructuras típicas nos son totalmente desconocidas y eso nos permite escribir sin preocuparnos de si nuestro tema está ya inventado o no. Dejamos libre nuestra creatividad y sacamos lo mejor que tenemos porque no nos ponemos esas restricciones y no tenemos esa vocecita en nuestro interior gritándonos: ‘¡No, borra esto, que es muy parecido a lo escribió Fulanita en su segunda novela!’

 

¿Qué me aporta la ciencia ficción a mí?

No solo podemos aportar cosas nuevas al género, sino que este también nos ayuda a retarnos y hacernos crecer como escritores. Aunque hablo de lo que yo he aprendido a nivel personal al escribir ciencia ficción (y tanto esto como lo anterior se extiende a la fantasía también), estas conclusiones podrían aplicarse de forma más general.

Aportar nuevas ideas

Libertad creativa

He comentado antes que en la idea original de Nivel 10, la trama estaba ambientada en Nueva York, pero, cuando ya me planteé seriamente escribir la historia como una novela original y no un fanfic, me encontré con un pequeño gran problema: no tengo ni idea de cómo es Nueva York. Ya había escrito alguna que otra historia ambientada en la ciudad y, a pesar de investigar cómo era, no había quedado satisfecha con el resultado. Por eso decidí inventarme una ciudad y un país completamente nuevos. Además, al ambientarla en 2094, debía imaginarme cómo podía ser el futuro en un mundo inventado. Es una perspectiva imponente, pero cuando me ponía a trabajar, me sentía con total libertad de explorar temas y escenas que, si hubiese optado por narrativa ‘realista’, me hubiese resultado imposible, así que escribía con un entusiasmo aún mayor al pensar que este género me permitía dar rienda suelta a mi imaginación de una manera que no había considerado antes.

Conciencia sobre la coherencia interna

Si hay un par de géneros en los que debemos prestar especial atención a la coherencia interna, estos son la fantasía y la ciencia ficción. La coherencia en el worldbuilding es como mentir: hay que tener buena memoria para que la mentira no tenga más agujeros que un colador y sea creíble. En este caso, hay que tener muy claro cómo es nuestro nuevo universo y cómo son las normas que lo rigen. Escribir una historia ambientada en nuestro mundo es sencillo porque el funcionamiento de nuestra sociedad y de nuestra cultura ya lo tenemos más que asimilado y si, por ejemplo, uno de nuestros personajes recibe un disparo, sabemos que la herida sangrará, la bala puede que haya quedado incrustada en la carne o puede que haya salido, etc. Es algo que ni se nos ocurre ponerlo en duda porque ya conocemos las leyes físicas y fisiológicas de nuestro mundo. Pero si escribimos sobre un alien que recibe un disparo, ¿de qué color será su sangre?, ¿el material de la bala reaccionará de forma diferente con la piel del extraterrestre?, ¿cómo será su herida?, ¿habrá algún otro factor que afecte?, ¿lo hará siempre o según en qué casos? Por cuestiones como esta, escribir ciencia ficción (y fantasía), me ha enseñado a considerar mucho más la coherencia de la trama y del worldbuilding.

Conciencia sobre el mundo, la sociedad y la tecnología

De este tema ya hablé en esta entrada sobre cómo nos imaginamos el futuro. El esfuerzo mental que debemos hacer para situarnos en un momento futuro es muy grande y eso nos lleva a plantearnos cuestiones que, quizá (y solo quizá), no nos haríamos si escribiésemos narrativa ‘realista’. A mí, la ciencia ficción me ha enseñado a ver el mundo y, más concretamente, la tecnología y las dinámicas sociales, desde otra perspectiva. A fijarme más en los detalles y pensar con anticipación.

Escribir ciencia ficción

 


Hasta aquí mi reflexión sobre lo que escribir ciencia ficción ha significado, y significa, para mí. Y vosotros, ¿leíais mucho del género cuando empezasteis a escribir? ¿O sucede lo mismo al escribir o leer cifi? ¿Qué otras cosas habéis aprendido? No dudéis en dejar vuestros comentarios aquí abajo.

Un saludo y que la literatura os acompañe.

 


Imagen de portada vía kellepics

Escribir ciencia ficción

Dime cómo escribes ciencia ficción y te diré cómo eres

Hace un par de semanas, mis amigos y yo tuvimos sesión de cine de ciencia ficción. Una de las películas que vimos fue Blade Runner, algunos para recordar, otros por primera vez. Una de las cosas que más nos chocó, tanto a quienes la veíamos de nuevo como a quienes no, es que se ambientaba en 2019. Vamos, dentro de un par de años, que se dice pronto. La película se estrenó en 1982, es decir 37 años antes del futuro ficticio que se plantea, y la novela de Phillip K. Dick se publicó en 1968 y se ambienta en 1992, con una diferencia de 24 años. ¿No os resulta interesante ver cómo se imaginaban hace años el futuro y comprobar qué cosas se han cumplido y cuales siguen siendo pura imaginación?

La ciencia ficción siempre ha mirado al futuro y se lo ha imaginado de muchísimas formas diferentes. Hemos llegado a esos años en que se ambientan la mayoría de los clásicos de la ciencia ficción, tanto en el cine como en literatura. Ya llegamos al s. XXI y vimos que todavía no podíamos ir a Júpiter como en 2001: Odisea en el espacio; ahora, volviendo a Blade Runner la película, comprobamos que esta estaba muy lejos de lo que es ahora el mundo.

 

 

Blade Runner
Estamos en el 2017 y ni hay coches voladores ni sigue existiendo la Pan Am.

 

Una obra de ciencia ficción nos dice muchísimo de sus creadores: nos da información sobre cómo conciben el mundo en el presente, sobre su capacidad de análisis y predicción de sucesos, y sobre la confianza que tienen en el ser humano para conseguir los avances que presentan en su ficción.

Cómo percibes tu presente

La ciencia ficción no solo mira al futuro, sino que también es una vía de crítica social para los escritores. Sí, también podemos escribir una space opera por puro entretenimiento, pero hasta la historia que parezca menos comprometida tiene cierto tono de crítica. Solo tenemos que echar un vistazo a los temas y las premisas de nuestras novelas y películas favoritas: distopías sobre gobiernos autoritarios; utopías donde todo es maravillo, pero siempre hay algo oculto; historias sobre la vida en la Tierra post-apocalíptica tras guerras nucleares o sobre exilios espaciales tras desastres naturales provocados por el cambio climático y la falta de recursos, etc. Creamos una historia y un escenario en el que plasmamos nuestras preocupaciones relacionadas con el mundo y la sociedad en que vivimos y advertimos de las consecuencias que creemos que pasarán si ese escenario se cumple. En ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Phillip K. Dick nos presenta una Tierra que ha sido azotada por la guerra nuclear, lo cual tiene sentido si la situamos en el contexto de la Guerra Fría. Por otra parte, las alucinaciones y confusiones entre realidad e ilusión que solía tener el escritor en su vida real y que están tan presentes en sus novelas también las vemos en esta. Incluso en la película se deja intuir que Deckard puede ser un replicante.

Are you a replicant
Si tenéis vuestras dudas, podéis hacer el test Voight-Kampff aquí (en inglés).

También podemos tomar como ejemplo 1984 de George Orwell, escrita en 1948 (lo cual es una pena, porque esta novela iba directa para mi lista de clásicos) y ambientada en el mismo año del título. En esta novela, Orwell nos muestra todos sus miedos con respecto al mundo que le tocó vivir y que vaticinaba que se seguirían cumpliendo 36 años después. Estos temores nacieron sobre todo de lo que vivió en la Guerra Civil Española, donde luchó junto al bando republicano. Lo que él plasmó en su obra maestra no se aleja mucho de lo que pasaba por aquel entonces, pero tampoco se aleja de lo que sucede ahora.

 

George Orwell 1984
Y esto no es ná.

Y es que, en general, escribimos de lo que nos preocupa y la ciencia ficción se presta a que llevemos nuestras preocupaciones al extremo para que hagamos reflexionar a los lectores. Por ejemplo, en Nivel 10 trato, principalmente, de la represión y estigmatización hacia la comunidad LGBT+ porque es un tema que, como ya sabréis, me toca personalmente y me preocupa que, a pesar de los avances, sigamos viviendo ciertos retrocesos en algunos aspectos y países, como Estados Unidos, desde que cierto energúmeno accedió a la presidencia.

Capacidad de predicción

Conocer bien un comportamiento lo hace (en gran parte) predecible. Es una premisa en Psicología y en otras muchas ciencias. Esto también se puede aplicar a la ciencia ficción: conocer mucho un tema nos da una perspectiva diferente de quien solo sabe un poquito, y nos permite intuir cómo progresará, lo cual nos viene de perlas para crear nuestro futuro ficticio. Pensad en los expertos en economía que predijeron las consecuencias de la burbuja inmobiliaria, la crisis que tenemos ahora, etc. mucho antes de que sucedieran. Igualmente, alguien que tenga una carrera de, por ejemplo, biología, física o ingeniería aeronáutica estará al tanto de los últimos avances y tendrá más capacidad para determinar si los que plantea en su historia son factibles en el futuro y, quién sabe, quizá acabe en algún artículo de Buzzfeed sobre novelas de cifi que predijeron el futuro (como los Simpsons).

No sé si os pasará como a mí, pero cuando estoy leyendo o viendo, por ejemplo, una distopía, me gusta tener la sensación de que aquello que me presentan puede pasar en un futuro me ayuda a meterme en la historia. Quizá por eso me gusta tanto la serie Black Mirror, porque es tan sorprendentemente verosímil, que da miedo ver un capítulo y pensar que estamos a un simple avance tecnológico de que nos pasen esas cosas.

No podía elegir solo un capítulo, ¿se nota?

Eso no significa que no disfrute con otras historias menos plausibles, pero la credibilidad le suma puntos. Los aciertos  o fallos de nuestras predicciones probablemente no lleguemos a verlos y sean las generaciones venideras las que, al leer nuestras obras, se sorprendan por lo mucho que nos acercamos o se rían por lo disparatado de nuestros vaticinios.

Y no solo me refiero a avances tecnológicos, sino también a los sociales, la chicha de muchas de las novelas. Si habéis leído El cuento de la criada, de Margaret Atwood, sabréis que, de avances tecnológicos se habla más bien poco. Todo lo contrario, se regresa a los valores tradicionales cristianos y eso incluye también la tecnología. La obra de Atwood profundiza más en el cambio social, en el adoctrinamiento moral, en la humillación de la mujer, en su encarcelamiento psicológico y desposeimiento de sus libertades. La sociedad que ella imaginó, aunque parezca extrema, tampoco se aleja mucho de nuestro presente y menos con el auge de las derechas en muchos países.

El cuento de la criada

Confianza en los avances tecnológicos

Todos nos imaginamos el futuro de una manera, nos imaginamos los nuevos artilugios que habrán inventado, si los coches volarán o no, si ya existirá un servicio de teletransporte que te deje en tu cama un sábado por la noche, etc.

Futurama
Esto también me vale.

Pero la gran pregunta es: ¿Cuándo pasará todo esto? ¿Cuánto tiempo tendremos que esperar? De ahí el recuento que hacía al principio de este post. Phillip K. Dick decidió que, desde su presente (los sesenta) a la época de su ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (los noventa), la humanidad sería capaz de avanzar tanto como para tener androides que pudieran pasar por humanos y que nos veríamos en la necesidad de tener animales eléctricos y colonias espaciales a causa de una guerra nuclear. Como ya he dicho, echando un vistazo a su contexto, es normal que muchas obras de ciencia ficción escritas durante la Guerra Fría surjan de la premisa de que, finalmente, una guerra nuclear dejó la Tierra, si no completamente destruida, sí en muy mal estado; resultaba un peligro inminente.

Apocalipsis

Cuando empecé a escribir Nivel 10, me costó decidirme por el año en el que tendría lugar la trama. En el caso de mi novela, se trata de un mundo diferente al nuestro, por lo que su evolución podría no ser la misma que la de la Tierra; no obstante, decidí que fuese más o menos paralela y que el ‘Mundo Antiguo’ del que hablo en la historia fuese, en esencia, nuestro presente. Teniendo en cuenta esto, intenté imaginarme cuándo sería factible ver los avances que planteo en la novela y decidí que el año 2094 podría ser una buena fecha. Dentro de 77 años os cuento qué tal.

En definitiva…

La ciencia ficción nos permite dar rienda suelta a nuestra imaginación, pero sobre todo nos permite expresar nuestras inquietudes sobre el futuro que nos está esperando. Y no hay nada que hable mejor de nosotros mismos que nuestro miedo a la incertidumbre y cómo la abordamos.


 

Y hasta aquí mi reflexión. Contadme, ¿estáis de acuerdo? Si queréis añadir o debatir cualquier punto, no dudéis en dejarme un comentario y, si escribís ciencia ficción, sed libres de compartir vuestras inquietudes y si coincidís conmigo o no.

Un saludo y que la literatura os acompañe.