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Bury my gays

Hace cerca de dos años y medio que se me ocurrió la idea de la novela que estoy escribiendo ahora. Tenía escenas muy claras desde el principio y hasta ya las tengo escritas. Estaba muy contenta con esas escenas y con las ideas que se me iban ocurriendo.

Aviso a navegantes: esta entrada contiene spoilers de The 100, Lost Girl, The L Word y The Handmaid’s Tale (la serie)

Fin del aviso

Hasta que Lexa murió. El capítulo 3×07 de The 100 supuso un mazazo muy grande para las fans de la comandante y, más concretamente, para sus fans lesbianas.

Si ya había visto morir a otras lesbianas en series, ¿por qué me indignaba tanto la muerte de Lexa? ¿Por qué nos indignaba tanto? Si conocéis y habéis visto la serie, supongo que coincidiréis conmigo en que era (hablo en pasado porque ya no la veo) una serie muy buena de ciencia ficción y que, gracias a Lexa y Clarke, teníamos a dos personajes femeninos complejos, fuertes, líderes de sus respectivos grupos y, además, LGTB+. No solo eso, sino que su salida del armario había sido de lo más normal y nos demostraba que en el universo de The 100, la homosexualidad estaba aceptada. Así, sin más.

Tras la muerte de Lexa, hubo un gran revuelo entre las fans que dio como resultado, entre otras cosas, que la serie perdiera espectadores, que el creador, Jason Rothenberg, perdiera seguidores en Twitter estrepitosamente, y que se creara el movimiento We Deserve Better (‘Nos merecemos algo mejor’), con el cual, no solo se consiguió reunir las quejas de miles de fans cansados de esta epidemia de muertes de personajes LGBT+ en la ficción, sino que se recaudaron fondos para The Trevor Project (una asociación que da apoyo a jóvenes LGBT+ en riesgo de suicidio y discriminación) y hasta se creó la Clexacon, una convención similar a la Comic Con, pero exclusivamente con personajes lésbicos. No tengo el recuerdo de que una muerte ficticia haya provocado tal revuelo y tales iniciativas, pero eso tan solo me deja clara una cosa: la bomba había estallado.

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Por esa época leí muchos artículos y comentarios por las redes sociales sobre el ‘bury your gays’ (‘entierra a tus gays’) y pensaba: ‘¿por qué me indigno si yo misma tengo escrita la muerte de una de las lesbianas de mi historia?’. Y, efectivamente, esa trama era una de las más importantes de mi historia y esa muerte daba el último empujón y servía de motivación a la protagonista para continuar. Seguí manteniendo la muerte a pesar de todo, solo que entonces me empecé a plantear varias cosas.

Si mi personaje LGBT+ muere solo porque me estorba para la trama (sobre todo la trama heterosexual), ¿se puede perdonar? Aquí la respuesta, para mí, está mucho más clara, sobre todo para fans LGBT+. De hecho, esto es lo que me deja mayor sensación de frustración y desolación, no sé si os pasará también a vosotros/as.

Si la trama lo requiere, ¿se puede perdonar la muerte de un personaje LGBT+? Vuelvo con el tema Lexa. En The 100, una serie basada en una Tierra post-apocalíptica, donde el principal objetivo es sobrevivir a los peligros de la Tierra, muchos personajes murieron en las dos temporadas y media que yo vi. Era algo normal e, incluso esperable. La muerte de Lexa, además, nos permitía descubrir qué había pasado tiempo atrás y cómo funcionaba realmente la elección de las comandantes de su clan. Si no hubiera muerto, no lo habríamos sabido o, al menos, tendríamos que haber esperado a otro momento en que los guionistas decidieran darnos esa información. Pero eso ya no lo sabremos.

Si hay una buena representación LGBT+ en la historia, ¿se puede perdonar la muerte de uno de sus personajes? Con Dana Fairbanks (The L Word) y Tamsin (Lost Girl) pasaba algo parecido. The L Word era una serie en la que el 90% de los personajes eran LGBT+, por lo tanto, la muerte de Dana equivalía a la muerte de cualquier personaje hetero en cualquier otra serie; en Lost Girl, pasaba algo similar: teníamos cinco bisexuales (tres mujeres y dos hombres), una lesbiana (si contamos a su ex, que solo apareció en un par de capítulos, pues dos), es decir, que el hecho de que Tamsin muriera justo en el último capítulo no restaba representatividad.

Cada día, gracias a las redes sociales, conozco a más autores y autoras que, como yo, escriben un gran porcentaje de personajes LGBT+ en sus novelas y me pregunto si también se han planteado este dilema. En una historia con personajes cishetero, cuando alguno muere, no existe mayor problema que el de si ha muerto tu personaje favorito o no o si ha sido un buen plot twist. Sin embargo, una muerte LGBT+ suele tener una repercusión mayor entre el público LGBT+ porque favorece a la idea de que las personas LGBT+ no podemos tener un final feliz. Pero, si en nuestras historias existe una mayoría de personajes LGBT+ normalizados y bien construidos y nuestras tramas no tienen nada que ver con la orientación sexual y la identidad de género, ¿no deberíamos contemplar la muerte de uno de estos personajes como cualquier otra muerte en cualquier otra historia, sin ese miedo a traicionar a nuestros lectores LGBT+? Porque yo os aseguro que, en todo este tiempo que he estado dándole vueltas a la muerte de mi personaje, tenía esa sensación de estar traicionándome a mí misma y a todo el colectivo. Sin embargo, se trataría de una cuestión de probabilidad; si en nuestras novelas hay mayor porcentaje de personajes LGBT+, entonces es más probable que si sucede algo malo, les pase a estos personajes. ¿Nos debemos cohibir de escribir ese final trágico solo por no engrosar las estadísticas?

Yo creo en la literatura responsable, en esa que huye de clichés y acoge la diversidad en pos de la normalización, por lo que escribir una historia ‘normal’ debería pasar también por escribir una muerte si la trama lo requiere, ¿no?

Hace poco leí este recap de AfterEllen (en inglés) sobre el capítulo 1×03 de ‘The Handmaid’s Tale’ en el que arrestan a Ofglen y ejecutan a una Martha por ‘traición de género’ (vamos, por lesbiana). En el libro no sucede nada de esto e incluso las Criadas que son lesbianas no son arrestadas ni condenadas por ello mientras acaten las estrictas normas de esa sociedad; sin embargo, en la serie sí sucede. En algunos comentarios del artículo, se puede leer que es normal que en una historia ambientada en una teocracia tan severa como la de Gilead sucedan estas ejecuciones. Y tiene mucha razón. Pero luego leí otro comentario, que fue el que realmente me hizo plantearme todo este tema de nuevo: se podía haber mostrado esa severidad y esa opresión a las mujeres de otro modo, tomando otro ejemplo de las acciones que se consideran delito en Gilead, sin necesidad de añadir otro número a la preocupante estadística de muertes LGBT+. Y también tiene mucha razón.

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Ese es el motivo que me ha llevado a decirme a mí misma: ‘Fani, no mates a tu lesbiana. Busca una alternativa’.

Todas las reflexiones que tuve tras leer este artículo me han hecho darme cuenta de que el hecho de que yo escriba muchos personajes LGBT+ no significa que en el panorama literario general pase igual. La gran mayoría de lectores y espectadores LGBT+ todavía necesitamos sentirnos representados en la ficción de forma sana y exentos de ese halo de tragedia que nos suele rodear cada vez que aparecemos en escena. ¿De qué les serviría a los potenciales lectores de mi novela ‘A’ que yo escriba miles de personajes LGBT+ en las siguientes novelas ‘B’, ‘C’, ‘D’… si ya en la primera les doy esa puñalada trapera?

Así que aquí estoy, quebrándome la cabeza para ver qué motivación le doy a la protagonista de mi historia ahora que su novia ya no va a morir. Esta decisión me está desbarajustando los planes pero también me supone un reto que me apetece superar.

Eso sí, aunque me gusta mezclar la planificación e improvisación y soy escritora de brújula y mapa, ahora con este cambio de planes me siento escritora John Travolta:

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¿Vosotros/as qué opináis? ¿Habéis tenido también este dilema quienes escribís personajes LGBT+?

No dudéis en comentar sobre este tema, porque da para largo.

Un saludo y que la literatura os acompañe.


Imagen de portada extraída de WeDeserveBetter.com

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Visibilidad lésbica en la literatura

Mi relación con la literatura LGTBI es curiosa: he leído muy poca porque mi primer acercamiento (sin contar El color púrpura) fue bastante estrepitoso. Es algo que, según había leído, es bastante común en el colectivo. Solo encontraba historias muy parecidas en las que se trataba el mismo tema de la salida traumática del armario y ninguna llegaba a interesarme. Y me daba mucha pena porque si algo sabemos es que el apoyo al colectivo y a la visibilidad es muy importante para normalizar la situación y el arte y la ficción son herramientas imprescindibles para este objetivo. ¿Cómo podía apoyar novelas que no me decían nada?

Por suerte, hace unos años leí Carol y sentí que había recuperado la esperanza en ese sentido. Aunque no llegué a indagar más en otras novelas, sí que se me había pasado ese mal sabor de boca del principio. Luego leí Tomates verdes fritos sin tener ni idea de que era de temática lésbica y esas esperanzas volvían a resurgir gracias a Ruth e Idgie.

Poco a poco iban cayendo en mis manos más novelas, sobre todo de Virginia Woolf que hacían que me picase el gusanillo de investigar la literatura LGBTI de la misma forma en que lo hacía con el cine o las series de televisión. Ahora, gracias a blogs y páginas especializadas ya me he hecho una idea de qué novelas hay en el catálogo literario y de cuáles puedo esperar lo que busco en una historia.

Por eso, como hoy es el Día de la Visibilidad Lésbica, he querido hacer un recopilatorio de novelas con personajes lésbicos, tanto las que he leído como las que he descubierto y tengo pendientes en mi lista de libros por leer de este año.

Leídas

El color púrpura (Alice Walker)

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Ya os hablé de esta novela escrita por Alice Walker. Fue la primera que leí en la que aparecía un personaje LGTBI y, aunque en su momento no le di mucha importancia, echando la vista atrás, me doy cuenta de la relevancia de esta historia sobre la supervivencia y el apoyo entre mujeres.

La señora Dalloway (Virginia Woolf)

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Virginia Woolf, una adelantada a su tiempo en muchos aspectos, nos regaló esta obra en la que nos presenta a Clarissa Dalloway, una mujer de la clase alta inglesa que quiere dar una fiesta y, mientras organiza todos los preparativos para el festejo, hace un repaso de su vida, incluyendo la atracción y relación que tuvo con su amiga Sally Seton.

El cuento de la criada (Margaret Atwood)

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En esta novela de Margaret Atwood, conocemos al personaje de Moira a través de los recuerdos de la protagonista en su día a día como Criada. Es gracias a esos recuerdos que nos damos cuenta de la relevancia que tiene Moira para la vida de la protagonista tanto antes de que se instaurara el régimen teocrático como después. No me entretendré mucho con esta novela porque más adelante os hablaré de Margaret Atwood en la sección de ‘Mis escritoras’.

Carol (Patricia Highsmith)

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Escrita por Patricia Highsmith, fue la primera novela lésbica con final feliz para las protagonistas en una época en la que, si había algún personaje LGTBI, o moría o acaba viviendo una vida que no era la suya. Del personaje de Carol ya os hablé en esta entrada y de la obra de Highsmith os hablaré dentro de poco.

Tomates verdes fritos (Fannie Flagg)

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Junto a Carol, esta fue una de las primeras novelas lésbicas que me hizo recuperar esa esperanza. Una historia tierna y llena de amor y cariño entre Idgie y Ruth, dos mujeres que han crecido juntas desde que Ruth llegara a la casa de la familia de Idgie. La vida las lleva a separarse y a juntarse de nuevo, a abrir el café de Whistle Stop y a cuidar juntas al hijo de Ruth. Esta historia la conocemos de boca de Ninny, una anciana, cuñada de Idgie, que se la cuenta a su joven amiga Evelyn durante las visitas de esta última a su residencia. La novela no solo atrapa por su maravillosa trama, sino también por cómo se nos va descubriendo la misma: mediante varios narradores, entre los que se encuentra un boletín informativo de pueblo de la época de las protagonistas.

Todas las horas mueren (Miriam Beizana Vigo)

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Vamos de los clásicos a una novela autopublicada. Conocí a Miriam cuando ambas nos presentamos a la última edición del concurso de escritores indie de Amazon. En Todas las horas mueren tenemos a Olivia y a Dorotea, dos mujeres separadas por la edad pero unidas por una conexión que solo se forma entre dos personas rotas que se ayudan a recomponerse. Ambas escapan de algo y ambas se encuentran la una a la otra en el Café de Fontiña. Vamos adentrándonos en la historia mediante los flashbacks de ambas y los cambios del punto de vista, que nos ayudan a comprender a ambos personajes en su sufrimiento.

Por leer

Los libros que forman esta lista son todos autopublicados o de editoriales independientes. Después de empezar en este bonito y ajetreado mundo de la blogosfera, he ido conociendo nuevas autoras de temática lésbica y los títulos que más han llamado mi atención sin estos:

Lo nuestro es de otro planeta (Emma Mars)

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Emma Mars es cocreadora de Hay una lesbiana en mi sopa, una página de contenido LGTBI, y escritora de varias novelas de temática.

Elisa frente al mar (Clara Asunción García)

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Descubrí a Clara Asunción García por su relato en Cada día me gustas más, de la que os hablaré un poco más abajo.

Otoño y los palíndromos (Esther Semedo)

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Un título cuanto menos curioso, ¿verdad?

A Virginia le gustaba Vita (Pilar Bellver)

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Con este nombre y esta portada, ¿cómo no me va a llamar la atención? Esta es una novela publicada por la editorial Dos Bigotes (la cual apuesta por autores independientes y de temática LGTBI) en la que Pilar Bellver da vida a la historia de Virginia Woolf y Vita Sackville-West.

Cada día me gustas más (VVAA)

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Antología de relatos de varias escritoras españolas, entre las que se encuentran varias de las que ya os he hablado en este post, con prólogo de Sara R., directora de Hay una lesbiana en mi sopa.


Hasta aquí mi recuento de novelas con personajes lésbicos. Espero que os haya gustado y, por supuesto, se aceptan sugerencias 😉

Un saludo y que la literatura os acompañe.

 


Imagen de portada original extraída de Photoangel – Freepik.com

¿Cómo sacar del armario a tus personajes?

Me planteé hace poco escribir esta entrada cuando estaba revisando y corrigiendo varias historias que tenía en fase borrador. En un gran porcentaje de las historias que estoy escribiendo (ya sea novela o relato corto con intenciones de alargarse) hay personajes LGTBI. En varias de ellas, tenía muy claro cuáles iban a ser los personajes LGTBI ‘fijos’, es decir, los que ya de antemano había planificado con una orientación sexual/identidad de género no cis-hetero. Pero en otras, la cosa surgió de forma espontánea conforme iba escribiendo. De ahí que me planteara: ¿cómo salen los personajes del armario?

No me refiero solo a la escena en que los personajes dicen en un diálogo ‘soy X’, sino al momento  en que se presentan en la narración como LGTBI.

Hay muchos motivos por los que incluir personajes LGTBI en tus historias, pero para tratar ese tema os dejo estos artículos de Rafa de la Rosa y Jennifer Moraz en los que dejan muy claro la importancia de la diversidad en la ficción. Por mi parte, solo añadiré que, cuando formas parte del colectivo y además escribes, esta representación se hace más necesaria y su desarrollo es probablemente más natural y genuino. Sabemos qué cosas nos parecen relevantes para la adecuada construcción de nuestros personajes LGTBI y también sabemos qué es lo que no queremos que se asocie con ellos y con el colectivo (véase, los dichosos clichés). Pero si no sois del colectivo y queréis incluir de forma correcta a un personaje LGTBI, sí que podéis tener en cuenta lo que os voy a contar.

Bien, ya hemos decidido que alguno de nuestros personajes será LGTBI (e interpreto que escribiremos este personaje con el debido respeto y cumpliendo alguna de estas pruebas de diversidad y no solo por quedar bien). Hemos desarrollado su personalidad, su historia de vida, su aspecto, sus ambiciones y miedos, etc. y llega el momento de empezar a escribir. ¿Cómo introducimos su orientación sexual en la narración? ¿Cómo se la presentamos al lector? Desde luego que hay que hacerlo, porque si no se dice nada, los lectores asumen su cis-heterosexualidad (vamos, lo de ‘todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario’, versión sexualidad).

Aquí podemos jugar con muchos factores: podemos decirlo en la narración pero hacer que el resto de personajes no lo sepan; podemos insinuarlo (o no) en la narración y hacer que el personaje lo diga en una conversación o lo muestre con alguna acción, etc. Dependiendo del efecto que queramos causar en los lectores, tendremos que tener en cuenta cómo sera la frase en que estos lo descubran de forma oficial.

Cuando ese peso recae sobre el narrador, mi consejo es optar siempre, sea cual sea ese efecto que queramos provocar, por la elegancia, pero sin ambigüedad y sin circunloquios cuyo único objetivo es no decir las cosas claras: fórmulas enrevesadas y laberínticas que, aunque puedan resultar muy poéticas, a veces confunden más que aclaran.

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No son lesbianas, son de la escuela de Safo y sienten ardientes pasiones por la costilla de Adán.

A veces, si no conocemos mucho el tema o se trata de un asunto que pueda resultar controvertido, tendemos a estos rodeos. No tengáis miedo a decir las cosas tal y como son; se puede escribir con lirismo pero con claridad.

Esta vez estaba frente a Aschenbach, quien volvió a ver, con asombro y hasta con miedo, la divina belleza del chico. [...] «¡Muy bien!», se dijo Aschenbach con esa fina destreza profesional con que a veces los artistas disfrazan el encanto, el entusiasmo que les produce una obra de arte. Luego pensó: «Aunque no tuviera yo el mar y la playa, permanecería aquí mientras tú no te fueras».


                        La muerte en Venecia, de Thomas Mann

Como asumo que queremos tener un personaje LGTBI y normalizar su sexualidad, la claridad y elegancia serán vuestras mejores amigas. Porque la normalización empieza ahí: mostrándolo y diciéndolo sin darle más vueltas y ancha es Castilla.

Mi otro consejo es que evitéis clichés a la hora de que vuestro narrador haga alusión a la sexualidad de vuestro personaje. En mi opinión, esto está relacionado con los rodeos para hablar del tema. Valerse de algo muy superficial para esto es casi tan malo como envolver el término en eufemismos. Si os habéis dado cuenta de que vuestro personaje LGTBI cumple algún estereotipo y estáis pensando ‘vaya, ya la he liado’, no os agobiéis: los estereotipos y clichés también se pueden usar en vuestro beneficio. Podéis darles la vuelta de manera original, usarlos para tratar algún tema relacionado o, incluso, mostrar que, a pesar de ese cliché, no se trata de un estereotipo con piernas. ¿Tenéis a un chico gay que le gusta Madonna? Quizá sea su guilty pleasure y le recuerda a cuando su madre ponía sus discos en casa pero a él lo que de verdad le gusta es la zarzuela. O quizá le gusta Madonna y sea su forma de demostrar que se siente libre de escuchar la música que quiera sin la presión de ‘esto no es masculino, es solo para gays’, al contrario que sus conocidos heteros que no admitirían que la escuchan por el qué dirán. Lo importante es no quedarse en lo superficial, porque podemos y debemos sacar muchísimo partido a nuestros personajes.

Para que vuestro narrador hable de la sexualidad de vuestro personaje podría deciros que penséis en cómo se hace con un personaje hetero, pero claro, ya que la heterosexualidad se asume de antemano, no existe este dilema. Aunque sí que podéis fijaros, por ejemplo, en cómo se describe la actitud de un personaje hetero con sus intereses amorosos o cómo recuerda relaciones pasadas y usarlo en vuestro favor. Si queréis jugar con la insinuación, podéis también valeros de descripciones significativamente diferentes: por ejemplo, cuando vuestro personaje conoce a alguien de su mismo sexo que le llame la atención, una opción es dar más detalles de vuestro/a desconocido/a o que estos detalles sean más llamativos en comparación a otros. Así conseguimos que el lector piense, ‘vaya, aquí sucede algo’.

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Se fijó en su pelo recogido, que olía a miel y almendras, y en cómo se le marcaba la cicatriz de su ceja cuando sonreía. Al mirar a su acompañante, se preguntó si no le asfixiaba el botón de la camisa.

Si la salida del armario recae sobre los propios personajes en los diálogos, entonces dependerá de la personalidad de cada uno. Podemos tener un personaje tímido que por fin se ha atrevido a decírselo a alguien u otro que no tenga tapujos y lo diga de la forma más directa que podáis imaginar. También puede ser un tema ya conocido por los personajes que sale de forma natural en una conversación cualquiera. Como ya os he dicho, depende de vuestros personajes y su personalidad.

Ya han salido del armario, ¿ahora qué?

Ahora que el lector ya sabe oficialmente que el personaje es LGTBI, toca seguir mostrándolo como un personaje profundo, tridimensional, redondo (o el calificativo que más os guste), porque para eso habéis preparado su ficha de personaje y le habéis otorgado con anterioridad una personalidad y una serie de gustos, miedos, ambiciones, etc. No os quedéis solo con su orientación ni hagáis girar su trama en torno a este tema. Incluso si vuestra intención es la crítica anti-LGBTIfóbica, tened en cuenta que vuestro personaje también hace otras cosas en su vida a parte de ser LGTBI y, precisamente, el hecho de mostrarlos en otros ámbitos es lo que favorece la normalización y, a su vez, da más fuerza a vuestro mensaje anti-LGBTIfóbico.


Y eso es todo, por el momento, sobre cómo presentar a vuestros personajes LGTBI a los lectores. Espero que os haya servido si estáis pensando en incluir diversidad en vuestras historias. No dudéis en comentar cómo lo hacéis vosotros o qué otras formas habéis leído o escrito para sacar del armario a vuestro personajes.

Un saludo y que la literatura os acompañe.


Imagen de portada extraída de Lifehacker.com

Salir del armario (literario)

Cuando acabé Psicología y llegué orgullosa al trabajo, dije ‘¡Ya soy psicóloga!’. Mi jefa por aquel entonces rió, negó con la cabeza y me respondió ‘No, Fani, eres licenciada en Psicología’. Como seguramente se daría cuenta de mi cara de asombro, volvió a reír y me agarró el hombro como suele hacer cuando quiere decir ‘ya te darás cuenta’. Por aquella época no entendí a qué se refería, pero no me costó mucho darme cuenta de que tenía razón. Tenía un título, pero el epíteto ‘psicóloga’ me lo tendría que ganar con la práctica y el sufrimiento de la formación ‘a pelo’.

Algo parecido me pasa con la palabra ‘escritora’. Todavía me cuesta un triunfo hablar de mí como escritora (a pesar de que en mi página de Facebook lo indico, pero ese es ya otro tema). Sí, tengo una novela autopublicada en Amazon, pero aún desconozco cómo es el proceso de publicación de un libro en papel, desconozco cómo se organiza una presentación de una novela, ni qué se siente cuando se hace y estás tras una mesa hablando de tu historia y al otro lado hay gente escuchando. Tampoco sé qué es ir a una feria de libro como escritora, ni que alguien te pida que le firmes uno. Ni siquiera sé como es un contrato con una editorial tradicional o una empresa de autopublicación. Tan solo he colgado un archivo a una plataforma. Igual que si subo un vídeo a Youtube o una foto a Instagram. Es como el abismo de incertidumbre que aparece tras graduarse en la universidad. Incluso es parecido a sentirse un fraude.

Y decirlo a la gente de a pie, la que no está tan metida en el mundo de la literatura y la escritura, también cuesta una barbaridad. Sobre todo teniendo en cuenta lo que he dicho antes de sentirme un fraude. Además, se une el hecho de que, si no están en el meollo, no suelen entender qué es ser escritor y acabas viviendo escenas cuanto menos curiosas e, incluso, irritantes. Gabriellla Campbell ya subió una entrada en la que recopilaba anécdotas de personas que le decían a otras que eran escritores. Hasta ahora no me había pasado nada parecido, pero hace poco conocí a una chica que me pidió que yo le escribiera su historia y ya si eso le daba un pequeño porcentaje de beneficios. Me decía que ella era poco constante y en cuanto le dije que todo era ponerse, me soltó: ‘No, no, ya te lo dejo a ti’. La otra gran anécdota es la de que mi madre (que prácticamente odia los libros y, si por ella fuera, ya me los habría tirado a la basura), en cuanto se enteró de que había escrito un libro, una de las cosas que me dijo fue: ‘Escribe un libro sobre mi vida’.

Así que a veces me pregunto, ¿cómo voy a decir a la gente que soy escritora si 1) me siento un fraude y encima solo me valoras si a ti te interesa? Es un poco parecido a cuando descubres que eres lesbiana (aplíquese aquí el adjetivo correspondiente de las siglas LGTBI). A veces te sientes un fraude por no ser como la gente espera que seas o tiene una concepción totalmente errónea de ti por ello, una concepción que a ti te resulta enervante. Tu autoestima se anula un poco, porque ni tú misma sabes qué eres.

Cuando publiqué la novela en Amazon, al poco tiempo hice una visita a mi antiguo trabajo, para ver a mis antiguos usuarios y a mis compañeras, y le comenté a una de ellas y a mi jefa (ambas lesbianas) que me costaba más decir que soy escritora que salir del armario. Mi compañera se sorprendió, pero mi jefa (la misma del principio) lo entendió. Y es que, a veces, me da la impresión de que la gente entenderá mejor que me pueda gustar otra chica a que me guste escribir más que todas las cosas (bueno, la literatura y las mujeres están ahí, ahí en mi ranking de cosas favoritas 😉 ). Aquello de ‘mamá, quiero ser artista’, no siempre está bien visto en según qué contextos y no faltan los típicos comentarios de ‘estás flipada’, ‘busca un trabajo de verdad’, ‘los artistas sois unos vivalavida’, etc. Y desde luego que con esto no quiero transmitir la idea de que los artistas estamos más discriminados que la comunidad LGTBI, ya que hay más probabilidad de que me maten por decir que soy lesbiana que por decir que soy escritora. Es solo una comparación de mis sentimientos, en mi situación y en mi contexto, nada más. Y también una forma de intentar animarme a mí misma a no ocultar esa parte de mí por miedo a ese sentimiento del que os he hablado al principio.

Porque luego pienso: ‘Joder, me he tirado casi tres años escribiendo una novela, he ganado dos concursos en mi ciudad, he escrito varios relatos, llevo adelante otras tantas novelas, acudo a cursos y talleres, todos los días escribo y todos los días pienso en la escritura. Alguien que no fuera escritor no haría todo eso, no se entregaría en cuerpo y alma a la tarea de crear historias. Decir que soy escritora me cuesta mucho, pero es lo que soy y tengo que aprender a decirlo en voz alta y sin miedo.


Y hasta aquí la reflexión de hoy. Espero que os haya gustado.

Un saludo y que la literatura os acompañe


Imagen de portada extraída de Marcellapurnama.com

Cultura y cambio social

Hace poco vi ‘La llegada’, película protagonizada por Amy Adams (maravillosa en esta cinta) y Jeremy Renner, y aunque esta entrada de hoy no tiene mucho que ver con la película, sí que me hizo pensar en muchas cosas que me gustaría ahora compartir con vosotros.

Para los que no la hayáis visto, a parte de recomendárosla, os diré que no es una historia de ciencia ficción al uso; no esperéis batallas trepidantes contra extraterrestres o una distopía basada en el terror impuesto por los visitantes. ‘La llegada’ es una oda al lenguaje, a la comunicación, a las lenguas. Al poder de la palabra para cambiar el mundo y hacerlo un lugar mejor.

La semana del puente-acueducto-festivos salteados, cuando fui a ver la película, muchos de mis amigos volvieron a Almería y una de las conversaciones que tuve con ellos antes del cine fue sobre feminismo, minorías y corrección política.

Cuando pertenecemos, como en mi caso, a una minoría o a un grupo social víctima de discriminación, siempre pasa por nuestras cabezas la dichosa pregunta de ‘¿Por qué es tan difícil de comprender para el grupo en ventaja que la discriminación existe?’. Planteado así, es muy genérico, pero si digo ‘¿Por qué los heterosexuales se creen que no hay discriminación contra el colectivo LGTBI?’, ‘¿Por qué los hombres no se creen que las mujeres seguimos en desventaja social?’, ‘¿Por qué los blancos pensamos que no hay racismo si Obama ha sido presidente?’. Una de las conclusiones a las que he llegado tras años de reflexión, tras ver distintas perspectivas y de informarme es que el razonamiento lógico no funciona. Nos esforzamos por explicar con argumentos lógicos, incluso científicos, que las minorías son discriminadas o que no somos tan diferentes los unos de los otros.

Se hacen leyes, se intenta cambiar el lenguaje para que no sea discriminatorio u ofensivo y alguna que otra medida punitiva que, más que ayudar, parece acrecentar el sentimiento anti-minoría. ¿Pensáis que una persona que, por ejemplo, cree que los miembros del colectivo LGTBI son una panda de enfermos va a cambiar de idea porque se le castigue por insultarlos? ¿O que un hombre (o mujer, que las hay) machista dejará de serlo porque se fortalezcan las leyes contra la violencia sexista? Dirá: ‘Encima de que los enfermos son ellos, tengo yo que pagar el pato. ¡Lo que me faltaba!’. ‘¡Encima de que va vestida como una guarra me despiden a mí por acosarla!’. Sí, yo creo que esa persona ha cambiado mucho su forma de parecer y sentir con respecto a la víctima de la discriminación… Y, ojo, no estoy diciendo que no crea convenientes medidas legales, hay que contener la avalancha para que no se convierta en una catástrofe. Pero eso no ataca a la raíz del problema.

La emoción. La emoción es la clave de todo. Esa es otra de mis conclusiones con respecto al tema. Parece que en la sociedad actual se ha desprestigiado el corazón en pro de la razón. Damos explicaciones racionales a todo: tú me discriminas porque no me conoces. Y sí, tiene parte de razón esa afirmación. Pero ¿cuántos de nosotros no habremos oído eso de ‘No, si yo conozco a muchos gays’, ‘Yo sé que las mujeres tienen los mismos derechos’, ‘Un compañero de trabajo es negro (o cualquier otra etnia o procedencia) y es buena gente’ y luego sus acciones dicen a gritos que la persona es homófoba, machista o racista. Me parece muy bien que conozcos a alguien del colectivo LGBTI o de otro país o etnia, o que te sepas los fundamentos del feminsimo, pero ¿has sentido la discriminación en tus carnes? ¿Te has parado a comprender y empatizar con los sentimientos de las personas discriminadas? ¿Alguna vez has sentido miedo por tu seguridad por pertenecer a un grupo discriminado? La emoción, esa reacción fisiológica que nos produce un evento y que normalmente solemos ponerle nombre, va a determinar en última instancia cómo ves el mundo. A la gente le gusta el deporte porque es un chute de adrenalina y otros neurotransmisores que producen adicción. A la gente le gustan los parques de atracciones porque es otro chute de hormonas. La gente se droga porque la sustancia genera cambios en tus centros de recompensa, donde nacen las emociones. Luego ya les ponemos nombre, las justificamos, las describimos si se nos ocurren las palabras, pero nuestro cuerpo ya las ha sentido.

Lo mismo pasa con el cambio social. Si yo no soy capaz de provocar en ti que se te revolucionen las hormonas y tu cuerpo reaccione fisiológicamente, seguramente no seré capaz de provocar en ti un cambio de actitud. ¿Por qué lloramos cuando nuestro personaje favorito muere o le sucede algo trágico? Porque hemos experimentado físicamente su viaje y ahora nos lo arrebatan. Es como si nos quitaran la droga, nuestro equipo favorito perdiera o nuestra atracción favorita estuviera fuera de servicio.

Y ¿no es maravilloso que una historia de ficción pueda provocar eso en un lector/espectador/público general? Como escritores tenemos el poder de provocar emociones, de hacer que una persona pueda cambiar su forma de pensar porque nuestra historia le ha conmovido de alguna forma. Yo creo que la cultura ha hecho más por el cambio social que cualquier legislación. Obama piensa igual que yo:

Si no se os da bien el inglés y ya que no consigo encontrarlo subtitulado, os traduzco el fragmento que me interesa (a partir del minuto 0:36, aproximadamente):

'Por mucho que hemos hecho gracias a leyes, acabar con el Don't Ask, Don't Tell, etc... Cambiar los corazones y opiniones... No creo que nadie haya sido tan influyente como tú. [...]. Tu valentía y... eres muy agradable... Que tu estés dispuesta a reivindicar quién eres le da fuerzas a otra gente y luego, de repente, es tu hermano, tu tío, tu mejor amigo... compañeros de trabajo y después... las actitudes cambian. Y luego siguen las leyes, pero todo empieza con gente como tú.'

Ellen ha conseguido entrar en los televisores y luego en los corazones. Después, las mentes cambiaron. El aumento de personajes y tramas LGBTI, de protagonistas femeninas, de otras razas, etc. permite que la gente pueda empatizar mediante estas historias con personas diferentes que también sienten y sufren y se emocionan. Por supuesto, no voy a entrar en esta entrada en cómo se retratan estos personajes, porque en muchas ocasiones no se hace de la mejor manera, pero los cambios requieren mucho tiempo, mucho ensayo y error, muchos intentos. Aunque parezca descorazonador, hablo de años. Pero si queremos ese tan necesitado cambio, debemos ser como el cántaro que va a la fuente.

Yo quiero poner mi grano de arena a esta revolución del pensamiento que estamos viviendo. Quiero que mis personajes sean diversos y demostrar que son como tú, como yo, como los vecinos, etc. Es mi compromiso con el mundo. Es mi responsabilidad como escritora.


 

Dicho esto, espero que os haya gustado la entrada de hoy y os haya hecho pensar. No dudéis en aportar vuestras opiniones.

Un saludo y que la literatura os acompañe.

 

 


Imagen de portada extraída de Heathwood Institute and Press