Lo que podemos aprender de nuestros textos antiguos

Lo que podemos aprender leyendo nuestros textos antiguos

Hace poco me puse a reorganizar mis archivos de la carpeta de escritura y, como siempre me pasa cada vez que hago limpieza, me puse a echarle un vistazo a mis antiguos escritos. Los más antiguos que tengo datan de algo más de diez años, cuando estaba todavía en el instituto y me creía que un relato de veinte páginas se podía considerar novela.

giphy

Hay algo de tierno y nostálgico en leer tus relatos antiguos: recuerdas la emoción de estar escribiendo una historia, de pensar que iba a ser la bomba y que todo el mundo iba a leerla y adorarla. Pero sobre todo recuerdas la pasión al juntar las letras que te nacían de dentro con ansias de ser plasmadas en la pantalla del ordenador.

Aunque también hay algo de vergonzoso en este acto y es que, con el paso del tiempo y la experiencia, los errores pasados se nos hacen más evidentes y bochornosos. En la presentación de Nivel 10 en Berkana me preguntaron si estaba satisfecha con el resultado final o si lo cambiaría en un futuro. La respuesta que di entonces es muy similar a lo que os voy a contar en este post.

La satisfacción es presente

Ponerle el punto final (el verdadero punto final, tras beteos y correcciones) a un relato o novela es la culminación del trabajo que empiezas en un determinado punto del pasado, con unos determinados conocimientos y habilidades, y que terminas en el momento presente, en el punto álgido de ese aprendizaje. Sentirse satisfechas con el trabajo es el resultado lógico y, como ya he dicho, es la culminación de un proceso y la satisfacción es presente, pues nadie sabe cómo nos sentiremos respecto a nuestra obra dentro de unos años; quizá comprobemos que podemos mejorarla o quizá nos demos cuenta de que hemos llegado a nuestra curva de aprendizaje y poco hay de nuevo que podamos añadir o cambiar.

Curva de aprendizaje
Imagen extraída de Vale Enciso

De ahí que considero que siempre es bueno echar un vistazo a nuestros relatos antiguos. No tanto para corregirlos (que también), sino para ver cómo hemos evolucionado en la escritura y qué podemos aprender de ese cambio.

Las lecciones que podemos aprender

1. Prestarle atención a la ortotipografía

Cuando me he puesto a leer mis textos de hace años, lo primero que he hecho ha sido echarme las manos a la cabeza al ver lo poco que tenía en cuenta la ortotipografía: guiones en vez de rayas de diálogos, mala puntuación de los mismos, las sangrías y el justificado ni siquiera existían, etc. Para hacerlo bien he tenido que documentarme y aprender mucho, pero sobre todo que me dijeran o leer en alguna parte que una buena ortotipografía es casi tan determinante como el propio texto, pues sin ella, incluso nos pueden descalificar de un concurso. Por eso os animo a que no dejéis de lado este aspecto tan importante, ya que una mala ortotipografía en un relato es casi como ir en chándal a una entrevista de trabajo.

Corrección ortotipográfica

2. El estilo es nuestro reflejo pero también un facilitador para el lector

Tener estilo propio es algo difícil de conseguir, pero no debemos confundirlo con escribir mal. La gramática y la lengua tienen unas reglas y una cosa es que tu estilo consista en alterar el orden natural del sujeto-predicado en determinadas ocasiones para provocar un determinado efecto, y otra muy distinta es que tu sujeto y tu predicado no concuerden en número y género, o que la palabra que uses tenga un significado completamente distinto al que crees que tiene (quien no haya usado «bizarro» como sinónimo de «extraño» por influencia del inglés que tire la primera piedra). Al fin y al cabo, estos errores que cometemos por culpa de esos vicios lingüísticos que tenemos tan arraigados acaban dificultando la lectura y eso nos perjudica. Si algo he aprendido yo con el tiempo es a acudir al diccionario y a blogs y páginas de corrección de estilo incluso cuando creo estar segura de lo que estoy escribiendo.

Bizarro significa valiente
Entre tú y yo, sigo usando «bizarro» como sinónimo de «extravagante/extraño».

 

3. Con suerte, vamos ganando fluidez en la escritura

Cuando comenzamos a escribir, solemos pecar de escribir demasiado cuando la trama no lo requiere e inundar al lector con información que, en realidad, no es necesaria. Esto está muy relacionado con aprender a meter la tijera. Nos da miedo eliminar nuestras frases y párrafos que tanto nos ha costado escribir, pero si los analizamos con frialdad, nos damos cuenta de que son datos obvios que no aportan gran cosa. Ya sea al pasarnos con el worldbuilding o al explicar lo que ha sucedido como si los lectores fueran tontos, nuestro texto pierde verdadera fuerza y gana en pesadez. Precisamente uno de los errores que me he dado cuenta que cometía en mis relatos antiguos es que tenía una tendencia a narrar en exceso todo lo que sucedía en mis escenas, hasta el punto de que si, por ejemplo, describía la caída de un personaje, luego el narrador decía: «Fulanita se ha caído», y me faltaba añadir «por si no te habías dado cuenta». De hecho, ahora cuando escribo, siempre añado mentalmente esta muletilla y otras similares para darme cuenta de si he escrito información innecesaria. También he aprendido a detectar mejor en qué momentos la narración necesita una descripción más profunda o solo una corta frase es más que suficiente. Por ejemplo, en escenas de acción o que tienen un ritmo más rápido, como una persecución, ya ni se me ocurre detenerme en cómo las botas de los protagonistas dejan huellas con forma ovalada mientras la hierba se rompe. Pa’ qué. Mis textos ahora han ganado en fluidez y ritmo.

Infodumping
‘Espera, espera. ¿Me estás diciendo que llevas tres capítulos enteros para explicarme cómo la prota se está comiendo un p**o helado?’

4. Mejor introducción del worldbuilding, menos infodumping

Relacionado con el punto anterior, también he aprendido a desarrollar mejor el worldbuilding de mis historias, sin recrearme tanto en el mundo que he creado ni cansar a los lectores. He aprendido a dejar pequeñas pildoritas de información para que sean estos quienes aten cabos y se formen su propia imagen de mi universo. Creo que uno de los trucos que más me ha ayudado (aparte de los que se pueden aprender con series como Black Mirror) es pensar que yo estoy dentro de ese mundo, o que ese mundo es el real, y preguntarme, «¿me haría falta que alguien me explicara esto que se supone que ya sé?». Un ejemplo: imaginaos un mundo en el que los dioses tienen tentáculos y una de las expresiones comunes para dar los buenos días es «que los tentáculos te protejan». Pues bien, no tendría sentido que cuando un personaje dijera esto, el narrador o los propios personajes explicaran que es porque los dioses tienen tentáculos. Es algo que los lectores comprenderán en cuanto lean un par de conversaciones en las que se saluden así.

En conclusión…

A modo de resumen, al leer mis relatos antiguos, me he dado cuenta de todo esto:

  • Hay que tomarse tiempo para aprender sobre las reglas ortográficas, gramaticales y ortotipográficas.
  • Hay que tener siempre un diccionario o cualquier otro recurso similar a mano y consultarlo aunque pensemos que no hace falta.
  • Trata a tus lectores como te gustaría que te trataran, es decir, como a personas inteligentes que no necesitan explicaciones tediosas e innecesarias para entender la historia. Una tijera a tiempo salva de muchos errores.
  • Trata tu worldbuilding como si fuera tu mundo real (y el del lector) y piensa si de verdad le contarías cosas obvias a otra persona que viviera en el mismo sitio.

 


Hasta aquí esta pequeña lista de cosas que he aprendido al tomar distancia de mis propios textos durante tanto tiempo. ¿Qué habéis aprendido de los vuestros?

Un saludo y que la literatura os acompañe.

 


Foto de portada extraída de StockSnap.

 

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